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Editorial
sábado 3 de septiembre de 2016, 02:00

Hay que aprender de Colombia para no repetir su itinerario

El Gobierno de Colombia y el grupo guerrillero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), al firmar el trascendente acuerdo de paz definitivo, han dado un histórico paso hacia la recuperación de la concordia. De ese modo, tras más de medio siglo de muertes, terror e incertidumbre, se abre el ancho camino de entendimiento entre dos enemigos que parecían irreconciliables. El costo para llegar a este pacto ha sido muy alto. Es de esperar que nuestro país pronto pueda superar el itinerario de violencia que tiene como protagonista al Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP). Para ello, hacen falta urgentes programas que pongan fin a la verdadera raíz del problema: la injusticia.

El origen de las FARC fue el largo historial de injusticias que vivió Colombia. Es cierto que, desde la perspectiva de lo racional, nada justifica vivir al margen de la ley, pero es indudable que en el devenir de la humanidad los abusos de los poderosos contra los más débiles han sido causa de irracionales confrontaciones.

Desde la conformación del grupo rebelde –sin olvidar que existían también otras organizaciones armadas ilegales con similares banderas de lucha–, su enfrentamiento con las tropas que legalmente detentan el uso de la fuerza ha sido cruel y despiadada.

Con secuestros, bombas que estallaban en cualquier parte, minas al paso de las personas, poblaciones aterrorizadas y otras evidencias de su militancia activa en el campo de la violencia, el grupo fue ganando adeptos y fortaleciéndose en las selvas.

Lo que en el discurso apuntaba hacia el afán de instaurar un nuevo orden sin excluidos sociales se fue convirtiendo, sin embargo, en un grupo terrorista vinculado al narcotráfico, el tráfico de armas y otras conexiones con el mundo del crimen organizado.

A medida que el tiempo avanzaba, la realidad se fue volviendo más compleja y complicada.

Muchos de los grupos de autodefensa en contra de los grupos en la clandestinidad se convirtieron en nucleaciones paramilitares dedicadas a cometer delitos comunes. En medio de todo ello, las Fuerzas Armadas constitucionales también cometieron excesos.

El costo en vidas humanas, en dinero y en términos de esperanza para la población civil, es incuantificable. Miles de muertos, lisiados, desaparecidos y abusados, junto a cuantiosos daños materiales a la par de recursos del Estado empleados en la lucha, son el saldo de una guerra interna deplorable.

El problema de tanta violencia que desata heridas en el alma, represalias, deseos de venganza y resquemores diversos es que resulta muy difícil volver hacia atrás, para recobrar la normalidad en el marco de las normas que rigen la vida de una república.

Con un esfuerzo extraordinario, lucidez, buena voluntad de ambas partes y afán de superar el nefasto capítulo, el Gobierno de Colombia y las FARC, sin embargo, están logrando revertir la historia.

Ahora el desafío es que las negociaciones se completen con los capítulos aún pendientes.

El Paraguay tiene que aprender de la historia de Colombia y encontrar a tiempo las recetas que impidan llegar a los extremos de barbarie que aquel pueblo soportó a tan alto precio. El camino no es fácil, porque la violencia también instala la irracionalidad. Uno de ellos es subsanar con urgencia las injusticias que rebelan a los que eligen el desesperado camino de las armas.