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Opinión
domingo 3 de julio de 2016, 01:00

Fortaleza y debilidad de Cartes

Por Luis Bareiro
Por Luis Bareiro

A Cartes le quedan año y medio de gestión. A esta altura ya sabemos qué podemos esperar de él y qué no. Las dudas tienen más relación con lo que ocurrirá después del tabacalero, sobre todo porque lo que hizo bien puede perderse fácilmente por lo que no hizo.

Me explico. El mayor mérito de Cartes es también su principal debilidad. No es político y no depende del dinero público. Rentó la ANR para convertirse en presidente y hoy está gobernando a espaldas del partido. Es más, para que no lo molesten, pagó la elección de un testaferro político que lo presida mientras la oposición colorada languidece, desconectada del dinero público con el que alimentó siempre a sus operadores.

Esto es bueno y es malo. Es bueno por muchas razones. Al no depender del partido, Cartes se pudo dar el lujo de reducir sustancialmente el flujo de dinero público hacia la maquinaria partidaria. Esa es de hecho la razón de la crítica virulenta de la oposición colorada. Lo apoyaron para volver al poder y a sus mieles y cuando llegaron Cartes los dejó fuera.

Este destete partidario le permitió empezar a ordenar el aparato público, un trabajo engorroso cuyos resultados no son inmediatos. Solo para poder ejecutar obras públicas, por ejemplo, tuvieron que montar casi un Estado paralelo. Y es que todo el aparato público se construyó para drenar recursos hacia administradores y políticos de turno.

Esta particularidad de Cartes, sin embargo, tiene dos serios problemas. El primero y más importante es que el país necesitaba con urgencia de reformas de fondo, reformas que son políticas y que solo se puede lograr mediante un fuerte liderazgo político; la reforma judicial y la revolución educativa. Y no se pueden hacer reformas políticas sin la clase política y un partido político de base. Digamos que en democracia son males necesarios.

El segundo problema es que para que los cambios que sí logró hacer sean permanentes debe haber un apoyo de la ciudadanía, que solo se consigue cuando quien lidera esos cambios empatiza con la gente. Gobernar es dialogar y convencer; y Cartes nunca supo convencer. Él impone su voluntad, es patrón, es el dueño, él compra, no persuade ni seduce.

A esta altura ya sabemos pues que no habrá reforma judicial ni revolución educativa ni del sistema de salud. Pero lo que es más grave, no sabemos si lo que Cartes hace bien permanecerá cuando retorne la clase política al poder.

Son lecciones que aprender. No basta que el presidente sea un buen político si no tiene voluntad de hacer cambios, no basta que tenga sensibilidad social si no sabe cómo convertir eso en políticas públicas y no basta con que quiera hacer cambios si no tiene el talento político para hacerlo.

Ni politiqueros, ni curas ni tabacaleros... hay que buscar estadistas.