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Opinión
domingo 19 de junio de 2016, 01:00

El porro milenario

Por Luis Bareiro
Por Luis Bareiro

Se estima que el hombre comenzó a destilar cerveza hace más de cinco mil años. Hay restos de ánforas utilizadas para la fermentación que datan de los tiempos de Uruk. Puede que hayamos descubierto el alcohol antes que la rueda.

Igualmente, en las tablillas sumerias hacen referencia al uso de la flor de la amapola con una palabra que era sinónimo de disfrutar. Fue la génesis del uso del opio. Unos mil años después, en las antípodas de la Mesopotamia, entre los actuales Perú y Ecuador, comenzaron a consumir las hojas de la Nicotiana tabacum, lo que hoy conocemos más sencillamente como tabaco.

Como ven, el vicio es casi tan viejo como el ser humano. Es una de las muchas miserias que nos diferencian del resto de los animales. El perro no fuma, no se embriaga ni se inyecta. Algún fanático dirá que por eso lleva una aburrida vida de perro.

Lo cierto es que a lo largo de la historia siempre hubo intentos por acabar con estas adicciones, desde la religión hasta los Estados. Y nunca lo consiguieron. La prohibición lo único que ha logrado fue la creación de un mercado negro y la generación de un próspero negocio para sus administradores clandestinos.

Las mafias se han nutrido siempre del vicio penado. Los juegos de azar, la prostitución, la ley seca de los años treinta en los Estados Unidos, y en las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI, la declaración de una guerra internacional contra las drogas.

Esta milenaria intentona de las sociedades de controlar por la fuerza los vicios humanos provocó en los últimos cuarenta años un fenómeno nuevo e infinitamente más aterrador: Las cantidades vertiginosas de dinero que produce el comercio clandestino de las drogas permitieron que la corrupción de los organismos de control del Estado avanzara hasta tomar por completo porciones enteras del aparato público, llegando en algunos lugares a suplantar totalmente al Estado formal.

Primero financiaron campañas de políticos funcionales a sus intereses, luego optaron por lanzarse ellos mismos al juego electoral, conscientes de que el principal requisito para lograr el éxito ya lo tienen: dinero, en cantidades ilimitadas.

Y lo peor es que dirimen sus disputas territoriales a balazos y como si el resto del mundo no existiera. El Estado y las leyes no son un problema para ellos. Los compraron.

Es ingenuo suponer que este fenómeno se puede enfrentar con armas. Su origen es el mismo de hace cinco mil años. Es la relación del hombre y sus vicios.

Lo que debemos preguntarnos es qué causa más estragos; dejar el asunto librado a la decisión de cada uno o seguir intentando su control mientras vemos cómo sus proveedores se cosen a balazos en nuestras narices y bajo el manto protector del mismo Estado que pagamos todos.