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Revista Vida
martes 13 de junio de 2017, 11:28

El escritor de los fines de semana

Empleado bancario, traductor de sambas brasileñas, vendedor de pólizas de seguro. Son solo algunas de las tantas actividades en las que se desempeñó Augusto Roa Bastos, a la par que forjaba la carrera literaria que lo llevó a convertirse en el escritor paraguayo más importante del siglo XX. Aquí, detalles poco conocidos de la vida del ganador del Premio Cervantes, que este 13 de junio cumpliría cien años de edad.
Por Blas Brítez
La pared del fondo está llena de cuadros. Quien los ha pintado está de pie y ensaya una media sonrisa. Lleva puesta una especie de bata. Sentados, tres de los cuatro hombres visten ponchos. El que está en medio de ellos parece ataviado como si fuera un obispo. Tiene la mirada grave, pontifical. Es Augusto Roa Bastos. No sobrepasa los 30 años.
Sentado detrás de él, Hérib Campos Cervera es el único que no mira a la cámara, el brazo levemente apoyado en la silla. Nada delata que es el dueño de las explosivas carcajadas conocidas en toda la cuadra. A la izquierda, el también poeta Roque Molinari gasta collares blancos alrededor del cuello.
Ocho años después, los dos estarán muertos. Roa les dedicará elegías en El naranjal ardiente (1960). Entonces, prometerá apesadumbrado nunca más volver a escribir poesía. En algún momento, habrá creído en sus palabras. Quizá todavía no sepa que miente como mienten todos los escritores. Fabulan, más bien. Naturaleza del oficio.
A la derecha, el músico Cayo Sila Godoy sostiene unos binoculares. Será quien más viva: declinará recién cerca de cumplir los 95, en 2014. El pintor de los cuadros, el argentino Líber Fridman, morirá en Buenos Aires solo dos años antes que el novelista paraguayo, en 2003. Es el dueño de la casa. Una que, semanalmente, se eleva a la región más trasparente del arte y se convierte en Vy'a raity, el nido de la alegría asunceno. El cenáculo en el que Augusto Roa Bastos se siente entre los suyos. Dos años después de la fotografía (datada entre 1944 y 1945), tendrá que enajenarse de Asunción y partir hacia su largo exilio.
Letras y más
En 1944, Roa Bastos viajó a Europa invitado por la Cancillería Británica, cuyo representante en Paraguay, George Pendle –autor de un libro básico sobre nuestro país, para lectores en lengua inglesa–, solía frecuentar círculos intelectuales como Vy'a raity. Roa entonces era periodista en el diario El País: secretario de redacción.
En su edición del miércoles 19 de setiembre de 1945, The Scotsman, de Edimburgo (Escocia), lo presentó como "man of letters and newspaper editor": hombre de letras y editor de periódico. "Roa Bastos todavía sufre los efectos de la malaria contraída durante la lucha [en la Guerra del Chaco]", informa el suelto titulado "A Paraguayan Editor".
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Porque eso era Roa Bastos a mediados de los años 40. Trabajaba todos los días en el mismo edificio en el que es pergeñado este artículo y que hoy alberga a la redacción de Última Hora. Por aquellos días, tenía publicado solo un libro de poemas y había escrito en colaboración algunas obras de teatro hoy perdidas. Como muchos escritores paraguayos hasta hoy, hacía otras cosas antes que escribir.
Fueron varios los trabajos a los que durante más de 40 años tuvo que dedicarse antes de abrazar con exclusividad la literatura. En los años 80, participó en los Estados Unidos de un simposio dedicado a su obra literaria en la Universidad de Maryland. Explicó a los participantes que escribía sus libros los fines de semana.
Una mujer, extrañada, le preguntó por qué elegía solo los sábados y domingos para escribir. Sin atisbo de ironía, Roa le respondió que eran los días los que lo elegían a él. Los otros debía trabajar –en aquel tiempo como docente universitario en Toulouse– para ganarse la vida. No es arriesgado decir que la carrera literaria de Roa corrió, durante prácticamente toda su vida, a la par de actividades extraliterarias.
Marche una póliza
En 1947, mucho tiempo antes de convertirse en el narrador que mereció el Premio Cervantes en 1989, el hoy centenario Roa Bastos tuvo que huir del país por su trabajo periodístico. Huir. Hoy parece legendario ese verbo aplicado a la vida política del Paraguay. Pero en la Guerra Civil que enfrentó a colorados y diversos opositores entre marzo y agosto de aquel año, huir no pocas veces fue sinónimo de exiliarse. De las ruinas de la posguerra mundial (1939-1945), Roa volvió en los momentos previos de una contienda interna paraguaya que habría de marcar a toda la generación que solía reunirse en la insubordinada casa de Líber Fridman.
Natalicio González, importante escritor adscripto al nacionalismo conservador e impulsor de los "guiones rojos", que se enorgullecían de su ferocidad paramilitar, era adversario de Augusto Roa Bastos, además de persecutor del entonces editorialista del diario El País. No tardaría en convertirse en presidente de la República del Paraguay y Roa Bastos en partir al extranjero.
Más allá de que en Asunción el escritor fungió de empleado bancario, su verdadera tarjeta de presentación en Buenos Aires era su paso por la prensa paraguaya. No siempre en la capital argentina –el destino de su exilio– esa tarjeta de la experiencia le valía algo, por lo que Roa terminó siendo traductor de sambas brasileñas para la Editorial Lagos (puesto que le había facilitado su amigo José Asunción Flores) y, lejos de su tibio y prestigioso pasado como periodista y secretario de redacción, también un aguzado vendedor de pólizas de seguro en la compañía La Continental.
En El trueno entre las páginas, el libro de entrevistas de Alejandro Maciel, Roa Bastos recuerda: "Era el trabajo más cansador –el de vendedor de seguros–, por esa manía burocrática que tienen naturalmente estas empresas. Entraba a las 12.00 –mediodía– y salía a las 18.00".
La Continental fue protagonista de un caso especial. Según el escritor argentino Fernando Sorrentino, en el mismo edificio en el que trabajó Augusto Roa Bastos en la compañía de seguros, trabajaba también Joaquín Salas Subirat, el primer traductor al castellano del Ulises, de James Joyce, una de las más importantes novelas del siglo XX y una de las más decisivas influencias de Yo el Supremo.
El propio Sorrentino incluso estuvo en la misma empresa que Roa Bastos, a principios de los años 60 en Buenos Aires, en la época en que el paraguayo escribía guiones de películas. La memoria de este todavía latía cuando aquel entró a laburar a esa empresa de seguros. Según él, tiempo atrás hubo un escritor al que todo esto lo aburría. ¿De quién se trataba?
–Querido joven, se revela el pecado pero no el pecador. Extraiga usted sus propias conclusiones– dijo el hombre.
Escribió Sorrentino: "Más que extraer conclusiones, me interesaba satisfacer la curiosidad: averigüé más tarde que el pecador tenía Augusto por nombre y Roa Bastos por apellido".
El oficio de sobrevivir
Cuando en marzo de 1976, la Junta Militar argentina se hizo con el poder instaurando una dictadura, Augusto Roa Bastos comenzó a ver la manera de escapar de la realidad trabajosa y difícil que durante décadas le permitió ser en Argentina periodista, traductor, corrector, vendedor de seguros y un sinfín de oficios que lo ayudaron no solo a sobrevivir, sino entender de qué se trata el mundo.
Hacía solo unos pocos años que enseñaba guión cinematográfico en diferentes escuelas y facultades del interior del país. Intentó que sus estudiantes partieran de lo más simple, el día que lo presentaron como profesor de guión: contar la historia de Caperucita. Ninguno fue capaz de hacerlo de manera completa, a pesar de que tenían encima la concepción moderna del cine contemporáneo, lo que termina hablando sobre nuestra capacidad de contar una historia o no. Esta está narrada en su libro Mis reflexiones sobre el guión cinematográfico, editado a principios de los 90 como una muestra de la maestría roabastiana en el campo cinematográfico.
Recién cuando a Augusto Roa Bastos le concedieron el Premio Cervantes, el autor de Hijo de hombre y de Yo el Supremo se sintió a sus anchas en el mundillo literario, sin necesidades ni reclamos en torno a su vida y a su obra.

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ALGO QUE FESTEJAR
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Hoy, 13 de junio, se cumplen 100 años del nacimiento del narrador y poeta paraguayo Augusto Roa Bastos. Considerado uno de los escritores más importantes del país y de la literatura hispanoamericana, Roa Bastos fue ganador del Premio Cervantes en 1989 por su obra Yo el Supremo.
Tras la Revolución de 1947, fue forzado a un exilio que lo mantuvo fuera del país por más de 40 años. Sus obras, que fueron traducidas al menos a 25 idiomas, se caracterizan por el retrato que hace de la cruda realidad del pueblo paraguayo, reivindicando su carácter de nación bilingüe.
El trueno entre las hojas, Hijo de hombre, El Baldío, Vigilia del almirante, El Fiscal, Contravida y Madama Sui son algunas de sus novelas más importantes. También publicó piezas de teatro y numerosas antologías de relatos.