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Opinión
jueves 16 de junio de 2016, 01:00

El deterioro de la OEA y la cultura del encuentro

Por Gustavo A. Olmedo B
Por Gustavo Olmedo

Desde hace algunos años, la Organización de Estados Americanos (OEA) viene perdiendo características claves de su naturaleza como entidad que busca el diálogo, el respeto de los valores de cada nación y la defensa de auténticos derechos humanos; apoyando –por el contrario– iniciativas que van en contra de la persona. Es el caso de la presión que ejercen a fin de imponer en los países, entre ellos, Paraguay, una cultura de muerte, promoviendo el asesinato de niños en el vientre materno como un derecho de la mujer; práctica sin sustento científico ni humanitario.

A esto podríamos agregar la forma en que el organismo busca la equiparación absoluta del matrimonio entre personas del mismo sexo con aquel conformado por el hombre y la mujer, dejando de lado, no solo la experiencia histórica y cotidiana, sino también estudios –como los realizados por Fernando Pliego, del Instituto de Investigaciones Sociales, de la Universidad Nacional Autónoma de México, entre otros–, que exponen la relación directa entre este y el bienestar social, la calidad de vida y hasta la dinamización de la economía.

Y como broche en este proceso de debilitamiento, esta semana, durante su 46ª sesión en República Dominicana, se le privó el acceso a representantes de la sociedad civil, invitándolos a participar en las reuniones plenarias desde un hotel, vía internet, violando el derecho de los ciudadanos de expresarse, y pisoteando sus principios institucionales de participación y transparencia; en realidad, no les interesa el aporte de las organizaciones, menos aún de aquellas políticamente incorrectas.

Y en este escenario, el principal desafío de la OEA no es solo retomar su esencia de respeto a los países y sus tradiciones, y a los genuinos derechos humanos, sino también el de generar una cultura del encuentro, como propone el papa Francisco, en donde el otro –persona o grupo–, más allá de su postura ideológica, intereses particulares o práctica sexual individual, sea mirado como un "bien", es decir, desde su dignidad; ese valor ontológico que permanece superando los actos o pensamientos del individuo.

Pero este reconocimiento debe partir del respeto de la identidad de cada uno, y de ese diálogo que busca vínculos, que no niega el sentido común, y despierta el uso adecuado de la razón; esa que considera todos los factores en juego, y vislumbra y desea la verdad. Como lo dijo Francisco en la 48ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales: "... la persona se expresa con plenitud no cuando se ve simplemente tolerada, sino cuando percibe que es verdaderamente acogida". Una propuesta más que desafiante para cada uno, pero que vale considerar.