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Opinión
martes 6 de diciembre de 2016, 02:00

El alma del obispo

Brigitte Colmán – @lakolman
Por Brigitte Colmán

El novenario de la Virgen de Caacupé nos aporta como cada año, un montón de temas para el debate. Las homilías de los obispos recorren las diversas aristas de la realidad nacional, y difícilmente satisface a todos. Algunos obispos son supercríticos y otros, de lo más soporíferos.

La semana pasada, Claudio Giménez, obispo de Caacupé, habló de los jóvenes, y los instó a que se conviertan en protagonistas de cambios sociales y culturales. Lindo, ¿verdad? Lástima que el mensaje del pastor haya transitado después por caminos sinuosos, por decirlo de manera políticamente correcta.

El obispo pidió a los jóvenes que destierren ciertas costumbres negativas: la vieja práctica de copiar en los exámenes o de comprar notas o andar vaciando latitas de cerveza después de cada partido. De paso, recomendó tomar agua porque le hace mejor al cuerpo.

Y después todo se torció, cuando Giménez cuestionó los tatuajes. "¿De qué sirven los tatuajes?", se preguntó, y afirmó que estos "hablan de un alma vacía en general".

Después, ante el tsunami de justificadas reacciones, intentó aclarar diciendo que se generalizaron sus críticas hacia las personas que se realizan tatuajes. Lo que no nos quedó claro es si se llegó a enterar de que esta vez sí que metió la pata.

Es una pena lo que dijo el obispo, y que además haya desaprovechado una tribuna tan masiva como la de Caacupé para andarse con macanadas. Porque pese a que somos un país laico (la Constitución Nacional reconoce la libertad religiosa y de culto), cada año todos los medios de comunicación se ocupan profusamente de esta fiesta católica.

El obispo Giménez pierde tiempo hablando de tatuajes y criticando a los jóvenes, en vez de darles un poco de esperanza. En vez de decirles lo valientes que son por querer vivir en un país donde cuesta tanto vivir.

Les hubiera alentado, en cambio, a seguir a pesar de todo, y les hubiera dicho que su iglesia sabe del esfuerzo que hacen: trabajando sin ganar el salario mínimo; pateando la calle buscando un laburo decente o trabajando más de diez horas al día para pagar la cuota de la facultad.

A Giménez le molesta la cerveza que se toman los muchachos después de cada partido. Pero el obispo no se entera de que a la gente no le gusta más que solo vean la paja en el ojo ajeno y se la pasen criticando.

En vez de pontificar sobre temas intrascendentes, mejor prediquen la tolerancia y el amor al prójimo (pero de verdad), o asuman por fin una postura condenatoria sobre los sacerdotes pederastas que abusan de niños, si no es mucho pedirles, claro.