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Opinión
domingo 18 de septiembre de 2016, 01:00

Causa estudiantil, causa nacional

Por Guido Rodríguez Alcalá
Por Guido Rodríguez Alcalá

La mitad de la UNA está de huelga. Siento que no esté de huelga toda la UNA, porque los resultados serían mayores.

Con esto no quiero decir que la agitación estudiantil no haya tenido resultado: por lo pronto, la Fiscalía pidió la imputación del ex rector Froilán Peralta, con 46 personas más.

La Fiscalía actuó justo en el último día, uno más y todos quedaban libres. El plazo hubiera vencido sin la movilización estudiantil, que ya había provocado la destitución de Froilán y su equipo el año pasado.

No se ha conseguido todo lo que se quería, pero se ha conseguido algo muy importante: impedir que todo quedara en el oparei.

Todo hubiera quedado en el oparei si hubieran terminado las protestas estudiantiles, parte de una toma de conciencia de la ciudadanía, que comenzó protestando contra ciertos parlamentarios inescrupulosos, que debieron enfrentar un repudio generalizado.

Así comenzaron los procedimientos judiciales, que se prolongan indebidamente, porque la corrupción está generalizada.

En la UNA se pretendía darle largas al asunto, después de haberse tomado medidas disciplinarias contra el impopular Froilán y su equipo, pero la juventud no bajó la guardia.

¿Cuántos oportunistas quedan en la UNA? Es difícil saberlo, porque los documentos públicos no son públicos. En principio, la información debería estar disponible, para poderse saber, por ejemplo, quiénes cobran dos y tres sueldos de arriba, pero no es así.

Encontrar un planillero en una planilla es como encontrar una aguja en un pajar; todo está fríamente calculado para que el hallazgo sea casi imposible.

Hace poco, un caballero declaró que él cobraba un sueldo como investigador, pero que no tenía necesidad de investigar, porque investigador era un título nomás.

Para un amigo, el problema de la UNA es estructural; yo le llamaría atorrantal. La palabra viene de la compañía A. Torrant, encargada del desagüe pluvial de Buenos Aires, allá por 1860; la gente pobre, que no tenía dónde pernoctar, dormía en los caños de entubado de A. Torrant y se la llamaba atorrante.

Los atorrantes de la UNA no son pobres, pero son atorrantes, que es una parte del problema; la otra parte es el sistema, hecho para fomentar la mediocridad. Un incapaz, en vez de probar su incapacidad en su casa, prefiere probarla dentro del escalafón docente, donde puede asegurarse el futuro con un poco de paciencia: dejando correr el tiempo, puede llegar al nivel más alto.

Un investigador joven y con trayectoria no se resigna a quedar años y años, sometido a colegas mediocres y sin otro mérito que el de vegetar en la burocracia.

Tienen razón los jóvenes de la UNA al exigir mayor participación, porque el sistema necesita renovarse. Así lo entiende una persona con brillante trayectoria en la enseñanza y la investigación, el doctor Antonio Cubilla, quien apoya las reivindicaciones estudiantiles pidiendo más representación de los estudiantes en la conducción universitaria (Última Hora, 15/9/16, página 3).

Aunque repetida, es una verdad pasada por alto que el futuro del país depende de la educación; los contestatarios de la UNA, al pedir la reforma de una universidad esclerosada, piden lo que le conviene al país.