Qué abatimiento y decepción provocan los partidos políticos, una vez más.
El extendido y desgastante electoralismo paraguayo que tanto les estimula ante cada elección interna, con miras a los comicios generales, termina generando una falsa expectativa ciudadana. Y es que ingenuamente siempre se aguarda alguna novedad de parte de las agrupaciones políticas, antiguas y nuevas, pero de nuevo nos damos de bruces contra una realidad que permanece invariable: Nada cambia, aunque nos saturen con la palabra cambio.
En el camino de conformación de alianzas –que nunca pasan de ser meramente electorales– y de conformación de las listas de candidatos, se repiten fugas a otras carpas, con toda normalidad. Hay traidores, marginados, resistidos, readmitidos, reagrupados y muchos intocables. Demasiados.
Es tan cíclico este esquema, que hasta los titulares de los medios de comunicación parecen repetirse cada cinco años: “El partido tal no renueva su propuesta para el Senado”, “La alianza X es como un matrimonio de conveniencia”, “Mayoría de candidatos a la legislatura por el partido Z están acusados de corrupción”, etc., etc. Es como si la historia se repitiera indefectiblemente cada cierto periodo.
Lo único que varía es el grado de fragmentación con que llegan las organizaciones políticas ante cada justa electoral, lo cual tampoco impide que una vez superadas sus elecciones primarias, hagan de tripas corazón, y realicen sus famosos simulacros de unidad y entendimiento, meses antes de las elecciones nacionales, como muestra de que en esta etapa todos se juegan la misma camiseta.
En la práctica electoral del país, la propia dirigencia partidaria vacía de contenido palabras como lealtad y honestidad, y propicia que se coticen muy alto la capacidad económica de algunas personas. Sin importar el origen de sus fortunas, que se convierte en el pase para ocupar los primeros lugares dentro de una lista electoral y asegurar el ingreso o reingreso al Parlamento.
Entonces nombres que realmente deberían dar vergüenza a cualquier organización, porque corresponden a personas que han defraudado por su falta de honradez, por conductas indecentes y porque ya han demostrado que están en el ejercicio de la política o al solo efecto de servirse de los privilegios, enriquecerse aún más, ampliar sus negocios o blindarse de impunidad.
Por eso, salvo contadísimas nuevas figuras, desafortunadamente, es imposible visualizar algún atisbo de cambio en el país, desde la conformación del Congreso Nacional, por más de que cada cinco años participemos de la liturgia de acudir a las urnas para elegir un nuevo gobierno. Una vez más estamos ante personajes que ya nos han decepcionado una y mil veces, varios con cuentas pendientes ante la Justicia, y muchos sin ninguna gravitación en el ejercicio del cargo en el que literalmente se perpetúan sin ningún mérito.