Wilson Ferreira
ALTO PARANÁ
En la ciudad de Hernandarias, donde la fe no es solo una expresión espiritual, sino también una forma de identidad colectiva, el Vía Crucis Mayor se afirma como una de las manifestaciones más profundas del sentir popular. Ya no se trata únicamente de una tradición religiosa, sino de un patrimonio cultural oficialmente reconocido que refleja la historia, la devoción y la unidad de toda una comunidad.
Por Resolución Nº 26/2026, la Junta Municipal declaró de interés patrimonial, cultural y distrital el evento religioso. Se trata de un reconocimiento a una práctica que, desde hace más de una década, se ha instalado con fuerza en la memoria colectiva de los hernandarienses. Es una expresión que trasciende lo religioso y se convierte en un símbolo de pertenencia, capaz de reunir a miles de personas en torno a un mismo sentimiento.
Mientras este reconocimiento institucional fortalece su valor, la ciudad ya se prepara para una nueva edición del Vía Crucis Mayor. Bajo el lema “En cada paso, una historia de amor, sacrificio y esperanza”, la convocatoria vuelve a encender el espíritu comunitario. La cita está prevista para el viernes 3 de abril, a las 18:00, cuyo punto de partida tendrá lugar en la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, en el Área 6.
Desde este punto, la procesión inicia un recorrido cargado de simbolismo, que se extiende hasta la parroquia Nuestra Señora de la Asunción. A lo largo del trayecto, no solo se recuerda la Pasión de Cristo, sino que se invita a una reflexión colectiva sobre los valores que sostienen a la comunidad, como la solidaridad, el sacrificio y la esperanza.
IMPACTANTE. La escena que se despliega cada año es impactante. Más de diez mil personas participan en esta manifestación de fe que convoca no solo a fieles del Departamento de Alto Paraná, sino también a visitantes de distintos puntos del país e incluso de la región de la Triple Frontera. Candiles iluminando la noche, un Cristo cargando la cruz, la imagen de la Madre Dolorosa atravesada por el dolor, hombres y mujeres llevando cruces y el eco de cantos religiosos construyen una atmósfera única, profundamente y conmovedora.
No es una simple representación, es una experiencia compartida que involucra a toda la comunidad. A lo largo de las 14 estaciones, los participantes meditan y contemplan los momentos más significativos de la Pasión de Cristo, en un recorrido que combina espiritualidad, arte y tradición.
La solemnidad del acto se intensifica con la participación de los estacioneros, considerados guardianes de una de las expresiones más auténticas de la religiosidad popular en Paraguay. A ellos se suma la escuadra de las matracas y los penitentes, hombres y mujeres que, de manera voluntaria, cargan cruces como símbolo de sacrificio y fe. La imagen de la Virgen Dolorosa, de tamaño natural y con un rostro marcado por la tristeza, avanza acompañada por mujeres que la llevan en procesión, siguiendo los pasos de Cristo.
El evento no es fruto de un esfuerzo individual. Es el resultado de una verdadera organización colectiva, una “ingeniería humana” que involucra a numerosos actores de la comunidad. Cada detalle –desde la logística hasta la representación de las escenas– refleja el compromiso y la dedicación de quienes hacen posible esta manifestación.
PUNTO CULMINANTE. El punto culminante se vive en la plaza central de la parroquia Nuestra Señora de la Asunción, donde se representan las últimas estaciones. Allí tiene lugar la crucifixión, el descenso de la cruz, la entrega del cuerpo a María y la sepultura. El momento alcanza su máxima carga emocional cuando los presentes se acercan a venerar las imágenes, en un silencio que habla más que las palabras.
Las figuras que forman parte de esta representación tienen también un valor artístico significativo. Talladas en madera por el artista paraguayo Elías Orrego, siguen la tradición franciscana y aportan un componente visual que enriquece aún más la experiencia.
Desde su inicio en el año 2012, el Vía Crucis Mayor de Hernandarias ha crecido de manera sostenida hasta convertirse en un evento clave dentro del calendario religioso y turístico de la ciudad. Hoy, con su reconocimiento oficial, reafirma su lugar como una expresión viva de la fe del pueblo católico y como un fenómeno cultural que trasciende creencias.