Mujer, ¿ninguno te ha condenado? -Ninguno, Señor. -Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más. Habían llevado a Jesús una mujer sorprendida en adulterio. La pusieron en medio, dice el Evangelio. La han humillado y abochornado hasta el extremo, sin la menor consideración. Recuerdan al Señor que la ley imponía para este pecado el severo castigo de la lapidación: ¿Tú qué dices?, le preguntan con mala fe, para tener de qué acusarle. Pero Jesús los sorprendió a todos. No decía nada: inclinándose, escribía con el dedo en tierra.
La mujer estaba aterrada en medio de todos. Y los escribas y fariseos insistían con sus preguntas. Entonces, Jesús se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra. E inclinándose de nuevo, seguía escribiendo en la tierra.
Se marcharon todos, uno tras otro, comenzando por los más viejos. No tenían la conciencia limpia, y lo que buscaban era tender una trampa al Señor. Todos se fueron: y quedaron solo Jesús y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? Las palabras de Jesús están llenas de ternura y de indulgencia, manifestación del perdón y la misericordia infinita del Señor. Y contestó enseguida: Ninguno, Señor. Y Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más.
Podemos imaginar la enorme alegría de aquella mujer, sus deseos de comenzar de nuevo, su profundo amor a Cristo.
Cada día, en todos los rincones del mundo, Jesús, a través de sus ministros los sacerdotes, sigue diciendo: “Yo te absuelvo de tus pecados...”, vete y no peques más. Es el mismo Cristo quien perdona. “La fórmula sacramental ‘Yo te absuelvo...’, y la imposición de la mano y la señal de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiestan que en aquel momento el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios”.
“Invoca al corazón de Santa María, con ánimo y decisión de unirte a su dolor, en reparación por tus pecados y por los de los hombres de todos los tiempos”.
(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal).