La economía paraguaya es un 30,4% más grande de lo que pensábamos, según un estudio que publicó el Banco Central del Paraguay (BCP) la semana pasada que actualizó, luego de 20 años, las cuentas nacionales del país.
En cifras concretas, hoy sabemos que en realidad el tamaño de nuestro producto interno bruto al cierre del 2016 es de USD 36.346 millones, que es unos USD 8.701 millones más de lo que se había medido con la estructura anterior de las cuentas nacionales.
Los dos cambios más llamativos observados en la nueva medición –muy oportuna por cierto– de nuestra economía es sobre el porcentaje total de la deuda pública respecto a nuestro PIB, que se ubicó en un 17,4% al cierre del 2016.
Con este dato, por lejos el Paraguay es el país que tiene la menor deuda pública total en toda Sudamérica.
Lo que es más, también al crecer el tamaño del producto aumenta el techo del -1,5 de déficit fiscal que le da al Ministerio de Hacienda un espacio de aproximadamente unos USD 100 millones más para asumir compromisos de créditos o bonos dentro del límite legal.
En un intercambio que tuve con el presidente del Banco Central del Paraguay, Carlos Fernández, sobre este punto en redes sociales, me expresó concretamente: “La mejora del perfil crediticio se refiere a una potencial mejora en la calificación de riesgo país. El menor ratio no necesariamente implica mayor espacio de endeudamiento porque también cae el ratio impuestos/PIB. Hay que hacer ejercicio de sostenibilidad de deuda”.
Concuerdo totalmente con esa opinión, puesto que si bien el porcentaje del PIB respecto a la deuda total disminuyó unos 5,4 puntos porcentuales con este nuevo año base, también lo hizo el nivel de los ingresos tributarios respecto al producto, que pasó de un 12,5% a solo 9,6%, un porcentaje extremadamente bajo comparado con la región.
Las últimas emisiones de bonos soberanos estuvieron entre USD 500 a 600 millones, y hemos visto que la mitad de estos fondos captados del exterior han sido destinados al repago de deuda vieja.
Y, si bien ha mejorado el perfil de estos compromisos al conseguir tasas más bajas, la preocupación sigue siendo: cómo utilizamos esa otra mitad del dinero que debe ir a los proyectos de inversión.
Con los más de USD 3.380 millones emitidos en los últimos cinco años en bonos soberanos, en los informes del Ministerio de Obras Públicas consta que solo cinco obras de gran envergadura figuran como financiadas con los bonos.
El resto del dinero, se presume, está repartido en una treintena de obras que no se sabe muy bien cuáles son, pues no hay informes al respecto que detallen punto por punto en qué se utilizaron esos bonos.
Por otro lado, el presidente electo, Mario Abdo Benítez, adelantó durante su campaña electoral que utilizaría parte de los bonos soberanos para financiar la construcción de hospitales, una idea con la que no estoy en total desacuerdo.
Hay instrumentos disponibles como un ajuste en las tasas selectivas al consumo del tabaco, bebidas azucaradas y alcohólicas que la propia Cepal y OMS recomiendan subir para financiar al sector Salud con recursos genuinos.
El nuevo Gobierno debe apostar a esa mayor equidad tributaria, más aun con este nuevo dato de apenas un 9,6% de presión tributaria.
Y este ejercicio de sostenibilidad de deuda debe ir de la mano de ajustes a aquellos sectores hasta hoy intocables.