29 jun. 2026

Una cuidada monografía documenta la vida y la obra del “pintor angélico”

Londres, 3 nov (EFE).- Fra Angelico (1390-1455) es sin duda uno de los pintores más queridos del arte occidental y una nueva monografía editada por Phaidon destaca cómo su influencia llega hasta los simbolistas franceses, los prerrafaelitas ingleses e incluso algunos pintores abstractos del siglo XX como Mark Rothko.

Como recuerda la autora en el libro, Diane Cole Ahl, profesora de Historia del Arte del Lafayette College (Pensilvania, EE.UU.), el famoso humanista florentino, Cristoforo Landino, que fue maestro de Lorenzo de Médicis, le llamó “pintor angélico” en su comentario sobre la “Divina Commedia”.


Un retablo del pintor italiano Fra Angelico en una exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. EFE | Ampliar imagen

El padre del gran Rafael, el también pintor Giovanni Santi, le ensalzó como Giovanni di Fiesole, y el propio Rafael Sancio le colocó entre profetas, cardenales y santos en la famosa “Disputa del Sacramento”, que se conserva en la Stanza della Segnatura del Palacio Vaticano.

En sus “Vidas de los más excelentes pintores y arquitectos”, el biógrafo renacentista Vasari dijo del fraile dominico que dedicó cada minuto de su vida al servicio de Dios.

La admiración hacia Vasari alcanzó nuevas cotas a comienzos del siglo XIX cuando varios estudiantes de arte de la Academia de Viena viajaron a Roma y allí fundaron la Hermandad de San Lucas.

Conocidos como los nazarenos, aquellos artistas trataron de recrear la austera vida y la pureza de expresión artística que atribuían a Fra Angelico.

Hacia finales de ese siglo, grupos simbolistas como los nabis y los rosacruces fundaron también sus propias hermandades en un intento de recrear el ideal monástico que a sus ojos representaba Fra Angelico.

Puvis de Chavanne, Maurice Denis y otros simbolistas encontraron asimismo inspiración en la vocación seráfica del pintor renacentista, pero también Degas le profesó admiración por la belleza de su colorido y de su composición.

En Inglaterra, John Ruskin fue uno de sus mayores admiradores y William Home Hunt, Gabriel Rossetti y otros que formaron la hermandad prerrafaelita exaltaron la “gracia y dulzura” de sus obras.

Desde una perspectiva religiosa, el Papa Pío XII elogió el modo en que Fra Angelico logró convertir su arte en oración y en 1982, otro Papa, Juan Pablo II, le beatificó oficialmente mediante una decisión “motu propio”.

La autora de la monografía ve incluso ecos del pintor seráfico en la austeridad y sutil luminosidad de los campos rectangulares de color en los cuadros de Mark Rothko, el más espiritual de los abstractos norteamericanos, así como en los espacios lumínicos de James Turrell.

En su monografía, profusamente ilustrada, Cole Ahl sitúa al pintor en un contexto de reforma religiosa, espíritu crítico e indagación típicamente renacentistas y explora las circunstancias que inspiraron sus obras.

La autora señala cómo las exposiciones organizadas en 1955 en Roma y Florencia con ocasión del 500 aniversario de su muerte contribuyeron a una reapreciación de su arte: dejó de considerársele un artista del Medioevo y pasó a ser un “homo novus”, un exponente del incipiente Renacimiento.

Explica su interrelación con otros grandes artistas de su generación, como Lorenzo Monaco, Masaccio o Benozzo Gozzoli, junto a quienes introdujo extraordinarias innovaciones iconográficas, técnicas y de estilo.

La experta documenta la actividad desarrollada por el artista en Florencia junto a innovadores como Brunelleschi, el arquitecto de la gran cúpula de la catedral y de San Lorenzo, o Ghiberti, autor de las puertas de bronce del baptisterio.

Y repasa finalmente también sus años en Roma, especialmente prolíficos ya que completó cuatro ciclos de frescos, entre ellos los del ábside de San Pedro y una capilla y un estudio para el Papa Nicoás V, antes de dedicarse a la decoración de la catedral de Orvieto, que se encargaría de terminar Luca Signorelli.

Como muchas otras cosas de su vida, el motivo de su último viaje a Roma es un misterio. Sólo se sabe que murió allí y que el óbito quedó registrado en la iglesia de Santa Maria sopra Minerva.

Joaquín Rábago

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