Por Dirma Pardo de Carugati |
Es bien conocida la afición a los gatos que tenía doña Josefina Plá. Esta anécdota la ilustra bien.
Una tarde estábamos conversando en el corredor y se aproximaba la hora de dar de comer a sus protegidos.
La señora se levantó de su sillón y comenzó a cortar en pedacitos unos trozos de carne que tenía sobre su misma mesa de trabajo.
Los gatos empezaban a acercarse, lentamente, casi diría con respeto; ninguno se abalanzaba sobre las raciones que su ama distribuía.
Doña Josefina comentó que no quería más gatos, era todo un presupuesto mantenerlos, pero no iba a echar a ninguno, pues se había enterado de que “unos despenseros orientales del barrio” se alimentaban de carne gatuna.
En ese momento, golpearon las manos delante del portón. Eran cinco escolares de guardapolvo blanco. Doña Josefina los dejó pasar creyendo que venían -como era costumbre- en busca de datos de literatura para sus tareas.
Pero en realidad los niños venían con tres gatitos recién nacidos, encontrados en la calle, y como ellos sabían que a la señora le gustaban los gatos, se los traían de regalo.
“Pobres animalitos de Dios”, fue su comentario, mientras los ubicaba en una caja de cartón. Y agregó: “Tendré que ponerles nombres”. Por supuesto, allí quedaron para siempre los nuevos huéspedes: Corbata, Bigotes y La Bella.