Benjamín Fernández Bogado - www.benjaminfernandezbogado.wordpress
Un foro internacional que concluyó ayer en Atlanta abordó el tema de la responsabilidad desde una visión kantiana y en donde exjefes de Estado de América Latina juzgaron las acciones desde un imperativo muy distante del que les tocó observar la realidad que administraron.
Fue interesante escuchar apreciaciones en torno a lo que entendían por responsabilidad, previsibilidad o pragmatismo al mismo tiempo de que coincidieran en que vivimos en un mundo de “moralidad relativa”, que tiene un profundo impacto no sobre los electos sino también sobre los electores.
El concepto de una sociedad que abandonó la idea del bien común para imponer el beneficio personal o egoísta sobre cualquier consideración política le saca sentido y valor original a esta última palabra.
A veces un multimillonario impone su lógica particular basada en su fortuna personal o la facturación anual de una multinacional, que como Wall Mart supera al presupuesto de más de 100 naciones en el mundo juntas. Esto nos demuestra que el mundo o la realidad en la que vivimos es absolutamente diferente a la que el filósofo alemán Immanuel Kant había planteado como centro de su reflexión moral.
En estos tiempos de egoísmos, corporaciones, riquezas mal distribuidas... el miedo sin embargo es un elemento común al juego político que se establece como herramienta para construir, absolutamente desde una hipótesis en apariencia imposible, la realidad que se quiere transformar.
En este espacio los éxitos y los fracasos son también relativos y la evaluación de la tarea de un mandatario se olvida tan prontamente como el fracaso de su sustituto se convierte en eje central para ciudadanos que viven un día a día de sobrevivencia y precarización enormes.
Es interesante ver cómo un hombre como Jimmy Carter, quien salió por la puerta trasera de la presidencia luego de no ser reelecto y sustituido por Reagan, gana sin embargo en estatura por sus valores morales luego de abandonar un cargo para el que le calificaron de “débil o timorato”.
Hoy, a sus 88 años, no es solo un ganador del Premio Nobel de la Paz sino un claro articulador del diálogo entre sectores en apariencia irreconciliables y constructor de acciones prácticas para luchar contra lombrices, mosquitos y miseria en el mundo.
Carter es probablemente el político norteamericano de mayor estatura moral en la actualidad, a pesar de que en sus tiempos de presidente le endilgaran varios fracasos domésticos e internacionales.
A veces el reconocimiento llega un tanto tarde, pero recompensa el valor de un compromiso moral y ético constantes.
Es también en este contexto que el cinismo sea tan repudiable en la conducta de las personas a pesar de constituirse en una moneda de transacción tan cotidiana que ha perdido valor el discutir su impacto negativo.
Cómo entender la posición de González Quintana con Oviedo o Grillón con Lugo si no es a la luz de las contradicciones e inmoralidades en las que vive la política, al haber construido desde la realidad un espacio de egoísmos, traiciones y malquerencias. Y en esto la realidad local ha superado a la lógica kantiana.
Eso quizás explique por qué tenemos los gobiernos que se nos parecen antes que aquellos que merecemos.