Pese a los augurios y deseos de la mayoritaria derecha vernácula, el resto del Cono Sur latinoamericano sigue apostando a propuestas políticas progresistas –"populistas”, le dicen aquí– que dan prioridad a medidas contra la desigualdad. El mapa geopolítico regional sigue teñido de centroizquierda, aunque los vientos favorables de la economía mundial ya no tengan la intensidad de una década atrás.
La victoria de Dilma Rousseff se sustentó en el éxito de los programas de combate a la pobreza del PT. Ni el desgaste de los años de gobierno ni los ataques feroces del poder empresarial-comunicacional pudieron ante un dato irrefutable: desde el 2003 más de 40 millones de brasileños pasaron de la pobreza a la clase media.
En Uruguay ganó Tabaré Vázquez en la primera vuelta, obtuvo una mayoría parlamentaria y el claro favoritismo para la elección definitiva. Allí también el Frente Amplio logró sacar al país de la crisis económica, redujo la pobreza a niveles históricos y posicionó al Uruguay como una de las sociedades más igualitarias del continente.
Evo Morales fue reelecto con más del 60% de los votos. La llamada “economía plural” catapultó a Bolivia como uno de los de mayor crecimiento de América Latina y produjo avances inéditos en la calidad de vida de la población. Desde el 2006, la pobreza disminuyó en más del 20%. En Chile, Michelle Bachelet apunta a una mayor inclusión social en un país con la economía tradicionalmente ordenada. En la Argentina, queda por ver qué sucede tras el largo ciclo político de los Kirchner, pero es probable que en 2015 gane un candidato peronista. En cualquier caso, las sólidas políticas sociales emprendidas no parecen estar en discusión.
Con sus particularidades nacionales, todos estos gobiernos enfrentan dificultades similares que los hacen inclinarse hacia un moderado centro. El paso del tiempo y el retroceso de la desigualdad han generado nuevos reclamos. Cuando las sociedades mejoran, se vuelven más exigentes. Ya no basta con haber accedido por primera vez a la escuela, a la salud o a la vivienda. La gente demanda educación, hospitales y transporte de buena calidad. Y es bueno que eso suceda. Lo interesante es que los gobiernos que promueven un Estado de bienestar cuentan con un apoyo popular que les hace ganar elecciones.
Me dirá usted: ¿Y Paraguay? Y no me queda sino responder que funcionamos a otra velocidad política. Mientras el resto de la región avanza en inclusión social y en reducción de la pobreza, nosotros seguimos apostando a un modelo neoliberal y conservador que concentra la riqueza y estigmatiza como “asistencialismo populista” cualquier medida que apunte a mejorar la calidad de vida de la vasta mayoría de pobres del país. Por eso, desde lo alto de las cifras que demuestran nuestro fracaso social, nuestros políticos miran sin comprender por qué la derecha pierde en los países vecinos.