200 AÑOS DE INDEPENDENCIA
200 AÑOS DE INDEPENDENCIA
Existen muy pocos testimonios de lo sucedido en Asunción en la noche del 14 de mayo de 1811 y en los días siguientes. Por eso tiene mucho valor lo que escribieron tres personas que estuvieron en Asunción y presenciaron aquellos acontecimientos. Se trata de Mariano Antonio Molas, Pedro Somellera y José de Abreu.
MARIANO ANTONIO MOLAS
Nacido en Asunción en 1780, Molas murió en la misma ciudad en 1845. Fue el único paraguayo que participó en la revolución de la Independencia y escribió un libro sobre ella.
Su libro, titulado Descripción de la antigua Provincia del Paraguay, fue publicado después de la muerte de Molas, y será reeditado parcialmente con el título de La provincia del Paraguay para conmemorar el Bicentenario.
Varios oficiales que habían servido en la acción de Tacuarí y que se habían prestado gustosos a cooperar en la revolución, se hallaban a la sazón en la Asunción. El capitán don Pedro Juan Caballero les había prevenido que la señal de alarma para reunirse en el Cuartel General de la Plaza sería un repentino e intempestivo repique de campanas en la Catedral.
En la noche del 14 de mayo de 1811, a la hora de diez, poco más o menos, hizo dar la señal prevenida, y se avanzó el primero con algunos pocos individuos de confianza a tomar el cuartel y apoderarse de las armas, como en efecto se apoderó de ellas, sin violencia y sin oposición alguna de la guarnición, ni del oficial don Mauricio José Troche, que la mandaba.
Posesionado Caballero del cuartel, y habiéndose reunido ya mucha parte del pueblo, adhiriéndose a la revolución y ofreciéndole sus servicios, se le sometió toda la guarnición y fue reconocido comandante del cuartel.
En este estado, [Caballero] requirió e intimó al gobernador Velasco la cesión del mando de la Provincia, entretanto se celebrase un Congreso Nacional que determinase y deliberase la forma de gobierno que le pareciera más conveniente y adaptable a las circunstancias en que se hallaba la España. El gobernador Velasco convocó a sus adheridos y se negó a acceder a la propuesta de Caballero; secundó éste su requerimiento proponiendo se le nombrarían dos consocios con quienes actuase el despacho de las causas y asuntos de gobierno hasta la celebración del Congreso.
Siguió el gobernador con su oposición, permaneciendo inflexible toda esa noche a cuanto se le proponía por el cuartel.
Se valió de cuantos medios le dictó su prudencia para aquietar y apaciguar los ánimos enardecidos ya y dispuestos a usar de la fuerza para derribarlo del mando; pero no se atrevió ni permitió que sus adeptos se valiesen de las armas. Amaneció el día 15 sin que el Gobernador desistiese de su oposición, ni las tropas de su empresa; y firmes éstas en salir con su intento, se presentaron en la plaza con dos piezas de artillería, determinadas y resueltas a batir y derribar las casas de gobierno.
A la vista de esta disposición y firmeza de los revolucionarios, accedió el Gobernador a cuanto se le había propuesto y exigido la noche anterior. En esta virtud, se nombraron los dos consocios que fueron el doctor don José Gaspar Francia y don Juan Valeriano Ceballos.
El texto fue tomado del libro de Mariano A. Molas, La provincia del Paraguay, que publicará Última Hora en forma conjunta con Intercontinental Editora y la Comisión del Bicentenario.
PEDRO SOMELLERA
Pedro Somellera fue un abogado porteño que estudió en la Universidad de Córdoba (Argentina), como el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia.
A fines de la era colonial, fue enviado al Paraguay como teniente asesor letrado (asesor jurídico) del gobernador Bernardo de Velasco. A pesar del cargo que ocupaba, Somellera colaboró activamente con el movimiento de la Independencia Paraguaya.
Caballero y los suyos se apoderaron del cuartel sin resistencia de ningún género. La guardia que allí había se componía de treinta y tantos curuguateños, milicias de la Villa de Curuguaty, cuyo oficial era mi amigo, y aunque hacía más de quince días que debía haber sido relevado, por haber el destacamento cumplido su tiempo, lo contenía yo de reclamar, y lo mantenía dándole cuánto necesitaba. Mucho siento no acordarme del nombre de este oficial que tanto nos sirvió en el buen trato que daba a los presos políticos. Había también en el cuartel algunos de la compañía de granaderos del gallego Parga, pero se unieron a los demás. En el cuartel se hallaban los cañones, las armas y municiones que podían servir en caso que se proyectase oposición.
La casa de gobierno en que estaba Velasco no dista cien pasos del cuartel, pero nada sintió hasta después de logrado el intento de los patriotas. Algunos regidores y vecinos asistieron a casa de Velasco, pero a nada se resolvían.
Hubo [un] atolondrado que pensó en hacer oposición, y lo creía hecho todo con traer, no sé de qué depósito, un poco de pólvora a granel y algunas balas para hacer cartuchos, pero no había armas ni quién las manejase; hubo quien propuso que se mandase tocar a arrebato en todas las iglesias. Todo era allí confusión: el gobernador Velasco no hablaba ni palabra, mientras que los demás concurrentes disputaban. Yo no hacía más que oír y mirar a Velasco, quien a la vez me miraba como preguntando ¿qué es esto?
Al fin uno propuso que se les tocaran las vías pacíficas, y que se llamase al Ilustrísimo Obispo para que se entendiese con los del cuartel. Así se hizo. Sería medianoche, cuando llegó el Obispo, le impuso [informó] Velasco de lo que había y pasó al cuartel acompañándolo yo y ningún otro seglar. Habló Su Ilustrísima con Caballero, que le manifestó lo que querían y la resolución de no retroceder. El Obispo exigió seguridad para el Gobernador y Caballero se la ofreció para el Gobernador y para todos. Volvimos a la casa de Gobierno, y con lo que el Obispo contestó, todo quedó tranquilo, y los hombres empezaron a retirarse a sus casas, seguros y persuadidos de que estaban seguras sus personas y propiedades. Cuando regresábamos con el obispo fray Pedro García Panes del cuartel, encontré la guardia del Gobernador que se retiraba. Eran granaderos de la compañía de Parga; les pregunté dónde iban y me contestaron que a unirse a sus compañeros.
Los hice volver y encargué al sargento que siguiese en su guardia del mismo modo que antes estaba, y así lo hizo. Aún estábamos reunidos el Gobernador, el Obispo y otros, cuando llegó un oficial y me entregó un pliego cerrado; lo abrí y era una nota de Caballero que me decía que pasase al cuartel a dirigirlo. Luego que la leí, hice partícipe de su contenido al Gobernador y al Obispo, que ambos manifestaron placer y me dijeron: “vaya usted”.
El texto fue tomado del libro de Juan Rengger, El dictador Francia, que publicará Última Hora en forma conjunta con Intercontinental Editora y la Comisión del Bicentenario.
JOSÉ DE ABREU
El teniente José de Abreu llegó a Asunción pocos días antes de la revolución del 14 de mayo de 1811.
Abreu era un agente del Gobierno de Río de Janeiro, donde se encontraban los soberanos de Portugal, porque el Brasil era entonces una colonia portuguesa.
Llegó con una misión secreta, la de hacer que el gobernador Velasco permitiera el ingreso al Paraguay de tropas de Río Grande del Sur. El siguiente texto es parte del informe presentado por Abreu a su superior sobre el fracaso de la misión.
A las 11 de la noche llegó del cuartel el alférez Iturbe con un papel subscrito por él, el capitán Caballero, autor de esta revolución, y otro alférez hermano del primero, en cuyo papel notificaban al Gobernador: que en la mañana del siguiente día 15, debían entregárseles las llaves del Cabildo, de los Cofres Reales, de la Secretaría y del Estanco de Tabaco, debiendo luego separarse de la compañía del Gobernador su asesor y sobrino don Benito Velasco, al ayudante de órdenes don José Teodoro Fernández y al fiscal don José Elizalde, y que el teniente portugués Abreu no saldría de la ciudad ni montaría a caballo hasta nueva orden. A esto el Gobernador contestó por escrito y el alférez Iturbe quedó esperando en la guardia de la entrada, donde dijo asaz enfadado: que no se necesitaba incomodar a Portugal, pues no carecían de socorros; que los europeos habían quedado en la ciudad, sin ayudar con su dinero al pago de las tropas milicianas ocupadas en la defensa de las fronteras, diciendo que no tenían dinero, siendo la verdad que el día del ataque a Paraguarí, como un traidor hiciera correr la noticia de que habían triunfado los de Buenos Aires, muy luego embarcaron los mismos europeos 35.000 pesos fuertes, a fin de ponerlos a salvo en Montevideo; que después de haber los paraguayos repelido y ahuyentado de su frontera a los de Buenos Aires, los puestos públicos fueron otorgados solamente a los europeos. [...]
Despedido este alférez con la respuesta del Gobernador para los del cuartel, el mismo Velasco dijo al teniente Abreu que luego quemara todos sus oficios, las contestaciones de él (del Gobernador), del Obispo y del Cabildo para V. E., cosa que de inmediato efectuó dicho teniente. Cercado el cuartel por los europeos armados, éstos huyeron y desaparecieron tan pronto como dispararon sobre ellos varios tiros de fusil desde el mismo, saliendo del cual los paraguayos, en número de 80 al romper del siguiente día 15, arrastraron hasta la plaza seis piezas de artillería, de las cuales asestaron dos tiros a la residencia del Gobernador (*) y las demás en las bocacalles, y agregándoseles a este tiempo gran número de paraguayos, remitieron del cuartel, por el alférez Iturbe, dos cartas al Gobernador, para que cumpliera las condiciones que se le habían impuesto la noche precedente, o que de lo contrario arrasarían su residencia y la misma ciudad.
El texto fue tomado del libro de Mariano A. Molas, La provincia del Paraguay, que publicara Última Hora en forma conjunta con Intercontinental Editores y la Comisión del Bicentenario.
(*) Esto significa que emplazaron dos cañones frente a la residencia, no que dispararon tiros de cañón contra la residencia del gobernador Velasco.