22 jul 2026

Todo previsto, menos un detalle

Por Mario Rubén Álvarez
María –es un nombre supuesto– está lista para partir a España. Prestó el dinero, tiene pasaporte y el contacto que ella cree es el adecuado para cumplir su deseo de ingresar a España como turista.
Todo está milimétricamente calculado. Por las dudas, sabe hasta el año en que se lanzó la primera edición del Quijote, dónde está El Escorial, hasta qué altura puede llegar un chopo, en qué años los moros fueron expulsados y dónde queda el río Guadalquivir. “Por las dudas, con ellos nunca se sabe” es el argumento para adquirir esos conocimientos que parecerían no tener vinculación alguna con entrar a un país, por muy Madre Patria que sea.
No deja nada librado a la imaginación. Hace un año que se prepara hasta en sueños. A veces, sudorosa y medio sonámbula, se despertaba y saltaba de su cama. Por suerte, no encontraba a los cuatro guardias civiles que estaban a punto de violarla en una pequeña oficina del aeropuerto de Barajas. Con el temor de que la pesadilla se repitiera, volvía a meterse debajo de la sábana.
A sus veintitantos años, con un título universitario en la mano y luego de corroborar fehacientemente de que más que para colgarlo en la casa de su tía no le sirve, resolvió partir. “Koichánte aikórô, amanóta”, concluyó hace tiempo. Desde entonces mueve únicamente la tierra tan solo porque le está vedado hacer lo mismo con el cielo.
Esta semana, sin embargo, tuvo un sobresalto inesperado. Estimaba que había calculado y sopesado minuciosamente ya todos los riesgos. Que había chequeado todas las dificultades posibles con personas que volvieron o con parientes de los que se fueron. Y que había dado a cada obstáculo una probable respuesta en la hora candente del ingreso.
Cuando leyó que 60 compatriotas habían sido arrojados de nuevo al país que también –por la falta de ocupación– los había expulsado, se estremeció. En el Manual de Ingreso que mentalmente ella va construyendo no figura la opción Rechazo.
El insomnio –ella pensó que ya se había liberado de esa forma de extrema lucidez en la que aparecen todos los fantasmas– le recordó que tiene que dedicarle un capítulo de sus previsiones a esa posibilidad.
“Sería la mayor tristeza de mi vida haber ya hecho tanto para entrar y que me humillen negándome lo que yo creo que es un derecho mío bien ganado. Che tarovaarâ si eso llegara a sucederme”, reflexionó. "¿Cómo será que voy a devolver los euros que presté?”, fue la siguiente escala de su angustia.
Temerosa y todo de los imprevistos que le pueden aguar la fiesta, sabe que su espíritu ya está en camino. Solo falta que su cuerpo le acompañe. Trata de que la idea del fracaso no haga perpetuo el tiempo que todavía le resta para despedirse de los suyos en el aeropuerto Silvio Pettirossi.
Se ve, entonces, a sí misma bajando del avión, arrastrando sus valijas, acomodando sus lentes oscuros con aire de quien viaja cada primavera a lejanos países y mostrando en la Aduana sus documentos sin que le tiemblen las comisuras de los labios.
Ya en la calle, respirando hondo, satisfecha, empieza la verdadera aventura de hacerse la España.