30 abr. 2026

Terere y haraganería

Por Mario Rubén Álvarez – alva@uhora.com.py

La tradición de la haraganería solventada con dinero de los contribuyentes en las oficinas del Estado es de larga data.

Un certero y antiguo ñe’ënga dice: “Arriero rekorei, funcionario público”. A quien nada productivo hace, se le emparenta con sus colegas de la Administración Pública.

El refrán no fue el producto de ningún desayuno precedido de zumos de taperyva, ajenjo y verbena’i capaces de aniquilar a los más revoltosos sevo’i tatï de un antojadizo con gran poder de observación que bajo los efectos de tan letal mezcla acuñó la comparación.

Es sí resultado de largos años de observación colectiva del comportamiento de los empleados públicos que en nada honran al trabajo.

El diputado colorado Mario Cáceres dijo que dentro del Congreso “a veces uno va a una oficina y están sentados tomando terere 4 a 5 personas y en otras instituciones también sucede”.

“Andar de balde” y terere, para este caso, se han convertido en sinónimas.

En defensa del terere hay que decir que consumido en su sentido usual es una breve pausa saludable —10, 15 minutos— en el arduo trabajo del día para relajarse, compartir e hidratarse. Es terapia mental, pero también física.

Tomado por horas interminables delata la condición de tekorei de los que a cada rato recargan su termo y renuevan su hielo.

No solo en el Parlamento hay cultores asiduos del ocio mal entendido: en cualquier oficina pública se encuentran sus réplicas. Lo mitä oterere alegre y perpetuamente sin preocupación ni mucho menos ocupación. Dejan que el tiempo fluya hacia la hora de marcar el reloj y salir a continuar haciendo lo mismo, es decir nada.

Los bebedores de soberbios terere con ka’apiky, mbokaja’i, cepacaballo, agrial, cedrón kapi’i, tatu ruguái, malva blanca, perdudilla, santo rendyva, kokü, burrito y batatilla no son los únicos asalariados a los que se les paga para perder tiempo ganando agua en los esfínteres.

Están, además, los que cobran pero no vienen nunca. Son los impopulares planilleros. Estos no necesitan del terere. Pueden tomar mate, hacer gimnasia o trabajar realmente en otro lado.

Las que se pintan las uñas como si tuviesen veinte manos y cien dedos; leen hasta los avisos clasificados de los diarios; chatean con un cuarto de mundo; salen a pasear como si cada día fuera domingo y se peinan por siglos, equivalen a los tererebebedores.

En vez de contratar a 45 mil nuevos zánganos, el gobierno del presidente Cartes hubiera puesto cámaras en las instituciones públicas para identificar a los terere’uha y afines para ponerlos a trabajar.