Casi una semana después de la sangrienta ofensiva lanzada en Israel por el movimiento islamista palestino Hamás, las autoridades israelíes han restringido el acceso a la explanada a los fieles mayores de 55 años.
La explanada se encuentra en Jerusalén Este, el sector palestino de la Ciudad Santa, ocupado desde la Guerra de los Seis Días, en junio de 1967, y anexionado por Israel.
Allí se encuentra la mezquita de Al-Aqsa, el tercer lugar más sagrado del Islam.
“Es por lo que pasó”, dice Abu Ahmad, de 62 años, residente en la vecina aldea de Shouaffat, en referencia a la guerra desencadenada por el ataque sin precedentes de Hamás el pasado sábado.
Desconfianza. Un anciano ciego, apoyado en un bastón, se acerca. Los policías lo observan durante un breve instante y luego se apartan para dejarle entrar en la explanada. Un grupo de chicas jóvenes aprovecha la situación para arremeter contra los soldados que filtran el acceso. Gritan e intentan empujar a los soldados, que las superan por más de una cabeza.
La tensión aumenta. Un grupo de hombres, todos claramente menores de 55 años, se acercan rápidamente y se agolpan en la esquina de la calle al-Wad que conduce a la Puerta de Damasco, la mayor de las ocho puertas de Jerusalén, que durante miles de años acogió a peregrinos y comerciantes procedentes de Siria.
Los agentes gritan. Hasta que el que parece ser su oficial ordena, con voz fuerte y en árabe, la dispersión de todos los fieles.
Los policías están furiosos. “Que se vayan a rezar a Gaza si quieren”, dice uno de ellos, aún abrumado por el terror sembrado el 7 de octubre por Hamás, cuyos combatientes mataron a civiles en las calles, en sus casas y hasta en un festival de música en pleno desierto.
En cuestión de segundos los agentes levantan una alta barrera metálica, cerrando completamente el acceso.
En las calles, policías y guardias fronterizos, con el dedo en el gatillo, patrullan e intiman a los transeúntes mostrar sus papeles de identidad.
A unos kilómetros al este de la ciudad, en el pueblo de Wadi Joz, la policía utilizó cañones de agua y gases lacrimógenos para dispersar a fieles que querían rezar en la calle, cerca de una mezquita cerrada a los menores de 55 años.
Impedido de rezar, Ryad, un comerciante de 52 años, acaricia nervioso la sarta de cuentas donde están inscritos los 99 nombres de Alá, según la tradición islámica.
“Esto va a durar mucho tiempo (...) hasta que los judíos hayan vengado el derramamiento de sangre de sus hijos”, se lamenta.