Opinión

¿Tenemos que hacerlo?

Blas Brítez

Blas BrítezPor Blas Brítez

Aquella noche se cortó la energía eléctrica. Entonces con mis hijos regamos de velas la habitación, como si todo fuera un juego y no la paradoja cíclica de un país autodeclarado energético. Buscábamos conjurar la oscuridad, el miedo que ambos tenían y la ansiedad que ello provocaba en mí. Eso sí: no hubo forma de repeler el calor y los mosquitos. Esto es Paraguay, noches así abundan y, según lo anunciado por el nuevo presidente de la ANDE, seguirán abundando.

Les propuse leerles un fragmento de un libro misceláneo del científico Carl Sagan, El cerebro de Broca (1979). Específicamente, el artículo ¿Puedes andar más deprisa? Versa sobre cómo la tecnología moderna ha modificado nuestra percepción del espacio y el tiempo, acortando las distancias y las horas a un precio alto. El título del texto está tomado de un pasaje de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll: “—¿Puedes andar más deprisa? —le dijo una pescadilla a un caracol—. Llevamos una marsopa detrás de nosotros y me está mordiendo la cola”.

En los albores del siglo XXI, casi a oscuras como en el principio de los tiempos, viajamos a los días en los que nuestros más lejanos antepasados se dedicaban a caminar hacia regiones desconocidas, hace más de veinte mil años. Lo hacían por uno de dos motivos: escapar de los depredadores o ser uno de ellos. El ser humano buscó siempre la velocidad (primero con las piernas, luego con los caballos y, finalmente, con las máquinas), para huir de la marsopa mordedora de colas de la que corre la pescadilla fantástica o para ser la marsopa.

Hicimos un breve viaje hasta llegar a mediados de la década del 70 en que Sagan publicó el libro. Quedamos fascinados con la posibilidad de que hoy las personas puedan realizar viajes de miles de kilómetros y experimentar situaciones raras con el reloj mediante el relativo dominio del espacio y el tiempo a que la humanidad ha llegado: llegamos a un lugar antes de partir. En menos de sesenta minutos podemos estar en ciertos lugares en donde, al arribar, resulta que el reloj debe marcar una hora anterior a la de nuestra partida, por aquello del huso horario.

Pero la pregunta que Sagan extrae del universo de Alicia lo lleva a hacerse otra más importante, según el propio científico: “¿Tenemos que hacerlo?”. Antes del teléfono y, todavía más, de internet (todavía un proyecto apenas entrevisto en la época del texto), toda la velocidad de la comunicación dependía exclusivamente de la velocidad del transporte. Pero a fines del siglo XX, los más veloces —como el Concorde— eran exclusivos para unos pocos hombres de negocios que necesitaban desplazarse rápidamente de un lugar a otro traficando, sobre todo, información. A un costo medioambiental altísimo.

Esta semana, un informe científico del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático anunció que si las emisiones de gas de efecto invernadero continúan a la frecuencia actual, en menos de treinta años tendremos inundaciones y sequías que no aparecían en las proyecciones previas. Y además fueron enfáticos: si no modificamos la economía se avecinan catástrofes. Se llama capitalismo: depredadores no por necesidad —como hace veinte mil años—, sino por lucro, mediante la explotación de la naturaleza y de las personas.

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