El egoísmo empequeñece, limita el propio horizonte y lo hace pobre y corto. Por el contrario, cuanto más damos, más se enriquece el alma. A veces no veremos los frutos ni cosecharemos agradecimiento humano alguno; nos bastará saber que el mismo Cristo es el objeto de nuestra generosidad.
Nada se pierde. “Vosotros –comenta San Agustín– no veis ahora la importancia del bien que hacéis; tampoco el labriego, al sembrar, tiene delante las mieses; pero confía en la tierra.
¿Por qué no confías tú en Dios? Llegará un día que será el de nuestra cosecha. Imagínate que nos hallamos ahora en las faenas de labranza; mas labramos para recoger después según aquello de la Escritura: Iban andando y lloraban, arrojando sus simientes; cuando vuelvan, volverán con regocijo, trayendo sus gavillas (Sal 125)”7. La caridad no se desanima si no ve resultados inmediatos; sabe esperar, es paciente.
San Pablo también alentaba a los primeros cristianos a vivir la generosidad con gozo, pues Dios ama al que da con alegría. A nadie –mucho menos al Señor– pueden serle gratos un servicio o una limosna hechos de mala gana o con tristeza: “Si das el pan triste –comenta San Agustín– el pan y el premio perdiste”.
En cambio, el Señor se entusiasma ante la entrega de quien da y se da por amor, con espontaneidad, sin cálculos...
Frase del Papa al respecto: “274. “La solidaridad cristiana entraña que el prójimo sea amado no solo como ‘un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos’, sino como ‘la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo’, como un hermano”.
(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal y http://noticias.lainformacion.com/religion-y-credos/credo-fe/las-292-frases-del-papa-francisco-en-sus-293-dias-de-pontificado).