Y a no llegan cartas de verdad, esas que uno tiempo atrás esperaba impacientemente: sobres blancos con palabras adentro y coloridas estampillas. Cartas de amor, de amistad, de noticias varias, de encuentros. Cartas escritas a mano, en donde la emotividad de quien escribía se transparentaba en la caligrafía y en la prolijidad. Tiempos donde uno se tomaba tiempo para escribir su correspondencia y elaboraba previamente lo que iba a decir para decirlo del mejor modo. Supongo que también se han escrito cartas mediocres o desganadas, digamos, para cumplir. Era todo un rito el cartero con su bolsa de cuero, que era esperado siempre, y la ansiedad por conocer la respuesta o las noticias esperadas.
Se han escrito cartas que han ingresado al universo de la literatura como un género más que interesante, que permitía conocer aspectos poco conocidos de personajes célebres. Cartas, algunas, que tuvieron que esperar que fallecieras, los que las redactaban, para poder publicarlas. Cartas secretas o apasionadas como las que dispensaba el poeta Pablo Neruda a Matilde Urrutia, o las que escribía Napoleón Bonaparte a Josefina, en las que puede calibrarse la sensibilidad lírica del militar: “No pido amor ni fidelidad eternos, únicamente... la verdad, una franqueza ilimitada”. O reveladoras como la correspondencia entre Winston Churchill y Benito Mussolini. El escritor Julio Cortázar era un aficionado a escribir cartas. Baste decir que con un amigo también escritor se carteó durante treinta años. Esa correspondencia es testimonio de lo que pensaba el escritor en torno a la literatura y la vida.
Pero, ¿a qué viene esto de hablar de las cartas? A que la gente en la actualidad no pone el mismo empeño en redactarlas y la globalización ha hecho que escribamos cartas e-mail para avisar, pedir, reclamar, advertir o excusar, sin poner el empeño en una redacción creativa que garantice mínimamente un regreso al género de la correspondencia como un arte de redacción, un aporte a la literatura. Conste que los grandes escritores, políticos y otros famosos escribían para alguien, es decir para alguien con quien no tenían que lucirse en la redacción, por la intimidad que emerge del género epistolar en que se escribe para una sola persona. Y uno termina por preguntarse ¿cómo serán las cartas recopiladas en el futuro, esas que hoy no están escritas en el papel, sino en el volátil ?cuaderno’ de una computadora. En la que un tropiezo con una tecla o un virus te borra todo. Si bien las cartas de antaño también, como los libros, tenían sus dos enemigos principales: la humedad y el fuego, muchas se han conservado, y no es extraño leer en los diarios que se ha encontrado correspondencia entre tal o cual personaje del pasado. Pero encontrar e-mails históricos es algo que aparece como muy difícil. ¿Será por eso que la gente los redacta con más sentido en la rapidez que conciencia en la perennidad del mensaje.
Antaño se editaban libros sobre cómo redactar una carta; tenía sus códigos y maneras de expresión del ?genero’ epistolar. Cartas de hoy, testimonios del futuro, pongamos un poco de ingenio. Se abre entonces la interrogación qué genero saldrá de los mails.
César GonzálezPáez
Escritor
cesarpaez@uhora.com.py