12 abr. 2026

Sobre el corazón de mi guitarra

- Y la historia de Sobre el corazón de mi guitarra ¿cuál es? - pregunté, en una extensa e intensa conversación de tres días, a Generoso Chirole Larramendia en el 2004, en Asunción.

Se le llenaron de fulgores los ojos y creí ver unos pájaros de alas azules que volaban. Pensé que algo extraordinario tendría que haberles pasado al poeta Carlos Miguel Jiménez y al cantante y compositor Emilio Bobadilla Cáceres para crear aquella obra tan espléndida.

- A ellos no, a mí sí - me respondió. Solo al final de su relato entendería esas palabras enigmáticas.

Carlos Miguel, al llegar a Buenos Aires junto a los hermanos Larramendia - el propio Chirole, Agustín Rubito y Luciano Chulo- , a fines de abril de 1939, se convirtió en un verdadero ídolo para los compositores paraguayos que ya estaban radicados en Buenos Aires.

“Uno de los que se llenaron de felicidad fue Emilio Bobadilla Cáceres. Él vivía lejos de nuestra casa, tenía que esperar su turno para que Carlitos le ?atendiera’. Entonces, tomó la determinación de mudarse a una pieza junto a nosotros. Así le tenía a mano al poeta”, cuenta Generoso.

Alrededor de 1940 nacieron algunos de los clásicos de la producción compartida por los dos artistas. “La que a mí siempre me impresionó más fue Sobre el corazón de mi guitarra. Sin saber que algún día jugaría un papel decisivo en mi vida, admiraba esa guarania. Es una canción de amor, una serenata donde la guitarra se vuelve compañera del que ama a una mujer y le secunda en sus sentimientos”, continúa diciendo, siempre desde su clave de misterio.

- ¿Y qué es lo que esa composición tuvo que ver con su vida? - le disparé, ya un tanto impaciente por los rodeos que daba.

Fue entonces cuando derramó su recatado corazón.

“Conocí a quien sería mi esposa en una serenata. Ella nos había ubicado por radio. Sobre el corazón de mi guitarra quedó en su alma. Esa canción la estrenamos en 1941, en Radio El Mundo. Un gran amigo mío, que es Floriano Casco, gran guitarrista, acompañante de cantantes de tangos, nos invitó a su casa. Allí conocimos a su familia. Allí estaba una hermana soltera de la que nunca nos habló. Al principio pensamos que era la empleada. Se llamaba Amanda Casco”, relata sin respirar casi.

Un río cercano fue el escenario del segundo encuentro. Generoso le dijo a Amanda que quería expresarle algo. Era el año 1945. “Le manifesté que nosotros, como conjunto, incluyendo a los guitarristas Teófilo Noguera y Fidelino Castro, debíamos subir más peldaños para decirle lo que yo sentía por ella. Me daba cuenta de que el amor mío era correspondido y era tal vez superior a lo que había en mí. Déjeme subir más escalones - le dije- , y cuando esté un poco más arriba, puedo hacer un planteo con posibilidades de formar un hogar que compartamos. ?Ansiosa voy a esperar’, me respondió. Y acto seguido me preguntó si no había forma de subir más rápido la escalera”.

“El 11 de octubre de 1950 fue la declaración final de mi parte. Al poco tiempo, en febrero de 1951, ya nos casamos. En 1959 llegó nuestra única hija, llamada también Amanda, como su mamá”, concluye su relato el músico y compositor que acaba de fallecer en Buenos Aires. Sobre el corazón de mi guitarra había arribado antes que él para darle la mano.

Antes de que Generoso Larramendia llegara al corazón de una mujer, una canción ya lo había hecho. El resto solo fue obra del tiempo.

Mario Rubén Álvarez

Poeta y periodista

alva@uhora.com.py

Memoria viva

Sobre el corazón de mi guitarra

Sobre el corazón abierto

de esta guitarra que secunda mi clamor

en mi soledad yo vierto

por ti estas lágrimas bohemias del amor.

Juro por aquel lucero

que de tus ojos para mí copió la luz

que solo tu beso quiero

o descansar de mi dolor bajo una cruz.

De la fuente cristalina de tu vida

busca el agua dulcísima beber

un sediento peregrino en quien se anida

el ensueño de la gloria de tu ser.

Oye que al trinar te nombra

la artista alondra, en melodía celestial,

ven a iluminar la sombra

de esta mi noche, mi alba estrella terrenal;

sangra en su cruel desvelo

el alma triste de tu esclavo soñador

que descubre en ti su cielo

y a quien tortura por tu culpa el sinsabor.

Tu ventana hoy será el fiel testigo

de mi adiós a este mundo y a mi bien

si mi amante juventud sufre el castigo

que ingrato le daría tu desdén.

Letra: Carlos Miguel Jiménez

Música: Emilio Bobadilla Cáceres