Ayer se publicó el informe de Pronasida sobre el avance del VIH/Sida en nuestro país. Una de las preocupaciones es el aumento de la enfermedad entre los jóvenes. La directora del programa argumentó que hay un vínculo importante entre el consumo de bebidas alcohólicas y la promiscuidad sexual y, siendo que el 90% de los contagios se producen por relaciones sexuales, este dato es importante. Además, se ve en el informe que más del 50% de los casos de VIH/Sida se dan entre personas de 20 y 34 años, solteras y con nivel académico elevado.
Desde un punto de vista estratégico y educativo, me parece evidente que las campañas contra el sida en los próximos años deben apuntar a una mayor integralidad en los enfoques educativo y comunicativo. No basta con “elegir saber”, porque está demostrado que la mayoría de los que se contagian, saben y “entienden, pero no hacen”, como lo advirtió la misma directora de Pronasida.
Además, basándonos en este informe, no podemos seguir pretendiendo detener el sida con folletería o reparto de condones, nada más. Mientras se siga apuntando a la simple genitalidad, reduciendo el problema a enseñar la forma adecuada de usar un preservativo o a la información sobre las maneras de contagio, no se conseguirán avances.
¿Por qué no sincerarnos? Exceso de bebidas alcohólicas, promiscuidad, “entender pero no hacer” son signos de un malestar social, familiar y personal, hasta existencial, que no podemos negar: la irresponsabilidad como camino errado de supuesta autodeterminación se va expandiendo como una peste. Esto indica que las propuestas educativas que les damos los adultos a los jóvenes son contradictorias y no les entusiasman.
Hay que apuntar a estimular estilos de vida saludables, familiares, amigables, intelectualmente motivadoras, religiosas, ¡sí también religiosas! No existe la educación sexual integral, que es la que previene el VIH/Sida porque apunta al autocontrol y a la responsabilidad, si no se tienen en cuenta todas las dimensiones de la persona, su forma de pensar, su afectividad, su organismo, su sociabilidad, su trascendencia.
De hecho, no es responsabilidad del Estado ni de las oenegés el control total de los ciudadanos. Somos nosotros los que debemos reaccionar, porque los que terminan enfermos, discriminados y muertos son personas con nombre y apellido, no simples ítems estadísticos que mueven presupuestos millonarios. Y así de manipulados no podemos seguir. O continuaremos entendiendo, pero muriendo.