Brando, el eterno rebelde de talento prodigioso que transformó la actuación para siempre, falleció en el centro médico de UCLA (Universidad de California en Los Ángeles) a causa de una fibrosis pulmonar. Solitario y celoso de su intimidad hasta extremos insospechados, a su funeral asistieron íntimos amigos como Jack Nicholson, Warren Beatty o Sean Penn, y sus cenizas fueron esparcidas entre las idílicas aguas de Tahití y las dunas de Death Valley en California.
La última vez que Brando abandonó la tranquilidad de su hogar fue para visitar el rancho de Neverland, donde disfrutaba de la amistad de Michael Jackson. Para entonces, su oronda y deteriorada fi- gura –había engordado 40 kilos– requería de un tanque de oxígeno y obligaba a su débil corazón a pender de un hilo.
Sus últimas actuaciones apenas dejaban entrever a aquel doble ganador del Óscar (On the Waterfront, 1954 y The Godfather, 1972) que hizo del “método” su forma de vida y que protagonizó obras para el recuerdo como A Streetcar Named Desire (1951), Viva Zapata! (1952), Julius Caesar (1953), Sayonara (1957), Last Tango in Paris (1972) y A Dry White Season (1989). Por todas ellas fue nominado a los premios de la Academia. EFE