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San Mateo, apóstol y evangelista

 

Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 9, 9-13. Mateo, como publicano, estaba al servicio de Herodes y, sin ser funcionario, era arrendatario de los impuestos. Este oficio era mal visto, incluso despreciado, por el pueblo, aunque a la vez apetecido por la facilidad de enriquecimiento que proporcionaba.

… Al pasar Jesús, le invitó a que le siguiera. Y dejadas todas las cosas se levantó y le siguió. Se trata de una respuesta rápida y generosa.

En todos nosotros se fija el Maestro, cualesquiera que sean nuestra edad y condición. Sabemos bien que Jesucristo pasa cerca de nuestra vida, nos mira y se dirige a nosotros de manera singular. Nos invita a seguirle más de cerca, y a la vez nos deja en la mayoría de los casos metidos en la entraña de la sociedad, del trabajo, de la familia…

El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy dijo: “Dios nos sorprende, dejémonos sorprender por Dios. Y no tengamos la sicología de la computadora de creer saberlo todo ¿cómo es esto? Un momento y la computadora tiene todas las respuestas, ninguna sorpresa.

En el desafío del amor Dios se manifiesta con sorpresas. Pensemos en San Mateo, era un buen comerciante, además traicionaba a su patria porque le cobraba los impuestos los judíos para pagárselo a los romanos, estaba lleno de plata y cobraba los impuestos.

Jesús pasa, mira a Mateo y le dice: ven. Los que estaban con él dicen: ¿a este que es un traidor, un sinvergüenza? y él se agarra a la plata. Pero la sorpresa de ser amado lo vence y siguió a Jesús.

Esa mañana cuando se despidió de su mujer, Mateo nunca pensó que iba a volver sin dinero y apurado para decirle a su mujer que preparara un banquete. … El banquete para aquel que lo había amado primero. Que lo había sorprendido con algo más importante que toda la plata que tenía.

¡Déjate sorprender por Dios! No le tengas miedo a las sorpresas, que te mueven el piso, que te ponen inseguro, pero nos ponen en camino. … El verdadero amor te mueve a quemar la vida aún a riesgo de quedarte con las manos vacías.

(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, y https://www.pildorasdefe.net).

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