Correo Semanal

Robin Wood ante el olvido estatal y la gloria de miles de lectores

No hubo una sola presencia del Gobierno y del Estado paraguayo en el sepelio del escritor más universal. El sistema educativo ignora su obra, pero miles de lectores en el mundo lo reivindican y lloran su muerte.

Andrés Colmán Gutiérrez

Escritor y periodista

Eran poco más de las cuatro de la tarde del lunes 18 de octubre, cuando la rosa amarilla que el espía Dennis Martin regalaba a sus amores y la rosa blanca del mago Martin Hel cubrieron el féretro del padre de ambos personajes, creador de tantos héroes y antihéroes que deleitaron a miles de lectores en el mundo.

Manos crispadas por el dolor y la emoción arrojaron puñados de tierra roja, diciendo adiós. Era la misma tierra roja que se había pegado a su piel cuando apenas adolescente trabajaba como obrajero con su tío David Wood en los montes del Alto Paraná e Itapúa.

Como si fuera un círculo perfecto del destino, Robin Wood estaba allí de nuevo, cubriéndose con la misma tierra roja, escribiendo el final de su vida en el mismo lugar en donde todo empezó, allá por 1962, cuando tras ganar un concurso literario con su primer relato, su mentor Rómulo T. Perina lo obligó a dejar Encarnación y subir al tren a Buenos Aires, en donde se daría a conocer como uno de los más grandes guionistas de historietas.

¿Quién diría que, tras recorrer el mundo y haber vivido en Argentina, Dinamarca, Israel, España, ganar todos los premios del cómic y ser uno de los autores más populares en Italia, admirado por Umberto Eco y Federico Fellini, volvería aquí para dormirse en el sueño verde y rojo de su tierra guaraní?

Ese luminoso y doloroso lunes de sepelio, entre los familiares y amigos, éramos poco menos de treinta personas en ese valle esmeralda del cementerio privado Jardín Imperial, kilómetro 13 de la ruta PY01, en las afueras de Encarnación.

No estaban el gobernador de Itapúa ni el intendente encarnaceno. No había ningún representante del Gobierno o del Estado paraguayo para despedir a su escritor más universal y más leído en el mundo. Solo el concejal Andrés Morel, hombre de cultura y amigo de Robin, asumió la representación de la Junta Municipal. Era el fiel reflejo de un país que sigue ignorando a sus máximos creadores, así como la dictadura del general Alfredo Stroessner ignoró al novelista Augusto Roa Bastos, al poeta Elvio Romero o al músico José Asunción Flores.

Mientras, los medios internacionales y las redes sociales, principalmente en Argentina e Italia, multiplicaban el emocionado homenaje de miles de lectores, que dedicaban conmovedores mensajes de gratitud al mago de la pluma que regaló tantos viajes a universos múltiples de la aventura y la fantasía.

ORIGEN AVENTURERO

Nació en las selvas de Caazapá, el 24 de enero de 1944. Su mamá, Margaret Peggy Wood, lo bautizó Robin, marcando su destino con nombre de pájaro, de poeta y de aventurero literario. Del padre se sabe poco. Se lo nombra con su apodo, Kingo, quien según datos fue ministro del dictador Stroessner. Era miembro de una de las familias aristocráticas del Paraguay. Robin nunca quiso mencionarlo, pero llegó a conocerlo en circunstancias poco gratas. Con su madre también mantuvo una relación complicada.

Nació en el seno de una comunidad de inmigrantes australianos, descendientes de escoceses e irlandeses, que en 1893 se embarcaron desde Sidney con el sueño aventurero de crear la primera colonia socialista en América, un proyecto dirigido por el combativo líder sindical inglés William Lane, que tuvo entre sus miembros a figuras como la gran poetisa y periodista australiana Mary Gilmore.

El país que eligieron para la utopía fue el Paraguay. El asentamiento se llamó Nueva Australia (cerca de la actual Coronel Oviedo, en Caaguazú, lugar ahora llamado Nueva Londres). El “paraíso en la tierra” se frustró por rencillas internas. En 1894, un grupo se separó y formó otra comunidad en Colonia Cosme, Caazapá. Entre ellos estaban los McLeod y los Wood.

Uno de los principales líderes de Cosme fue el escocés Alan McLeod, bisabuelo de Robin. Su hija Margaret se casó con Alexander Wood, de origen irlandés. Tuvieron cuatro hijos: Alexander (Sandy), Patrick, David (Big) y Margaret (Peggy), quien fue la madre de nuestro gran escritor.

EL MEJOR GUIONISTA

La principal influencia para Robin fue su bisabuela, Lilian, quien le inculcó el amor por la lectura. No terminó la escuela primaria, pero se apasionó por leer a Shakespeare, Tolstoi, Hemingway, Faulkner, Stevenson, Kipling, Conan Doyle.

La saga del autor paraguayo es conocida. Meses de sobrevivir en pensiones de mala muerte en la capital porteña, changas en las fábricas del conurbano, matricularse en la Escuela Panamericana de Arte, conocer al dibujante Lucho Olivera, escribir a pedido suyo un guion de aventuras sobre un guerrero en la antigua Sumeria, hasta que un lluvioso día de 1966 vio su nombre y el título de su primera historieta en la portada de la revista D’artagnan.

Tras aquel primer exitoso Nippur de Lagash surgieron otras series memorables: Dennis Martin, Mi novia y yo, Jackaroe, Pepe Sánchez, Mark, Savarese, Aquí la Legión, Helena, Gilgamesh, Amanda, Dago.

Tras volverse guionista estrella de la editorial Columba, se subió a un barco, viajó por el mundo y envió los guiones por correo, llegó a crear cerca de un centenar de personajes y más de diez mil episodios. Obtuvo los más grandes reconocimientos, como el Yellow Kid en Italia, considerado el Oscar del mundo de la historieta, y el premio “Mejor Guionista del Mundo” en la Bienal de Córdoba.

En los 90 empezó a volver con más frecuencia al Paraguay. Recibió homenajes, como el que los autores del cómic nacional le rendimos en la muestra ¡Chake!, con una exposición de sus obras.

Empezó a trabajar con dibujantes paraguayos, principalmente con Roberto Goiriz, con quien hicieron la historieta educativa “Isabella” para Transparencia Internacional, y más adelante las series “Hiras, hijo de Nippur” y “Warrior-M, el último guerrero de la humanidad” para el mercado italiano, además de la laureada novela gráfica 1811, que narra la Independencia del Paraguay, en el marco del Bicentenario en 2011, obra que llegó a imprimir cerca de 70 mil ejemplares, un best seller absoluto, como ningún otro libro o álbum en nuestro país.

Tras separarse de su esposa danesa, Anne-Mette, con quien tuvo cuatro hijos (Kevin, Dennis, Alexandra y Philip), se casó en Paraguay con una amiga de la infancia, la encarnacena María Graciela Sténico, quien se dedicó a rescatar y ordenar su vasta obra, dispersa por el mundo.

Con Graciela vivieron en Asunción y después en Encarnación, luego de que en 2017 a Robin se le detectó una enfermedad neurológica irreversible que paulatinamente le impidió seguir escribiendo. Su salud se agravó hasta que se produjo su fallecimiento, el último 17 de octubre.

HOMENAJE PENDIENTE

Aunque es una celebridad en el mundo, Robin Wood ha padecido el olvido del Gobierno y del Estado en su propio país.

Se le han hecho homenajes, se le han dedicado estampillas de correo, se le han entregado medallas, pero Wood no se enseña en las escuelas y colegios del Paraguay, como si se enseña Augusto Roa Bastos, Josefina Plá, Julio Correa o Elvio Romero. Sin desmerecer a estos grandes, nadie ha sido leído y aclamado tanto en el mundo como el autor de Dago, pero los niños y jóvenes paraguayos no lo conocen. Tiene historias muy bellas, que podrían aportar un gran valor educativo y pedagógico.

Hay que hacer una campaña para reivindicar al gran Robin Wood para las nuevas generaciones del Paraguay.



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