En los últimos días circularon artículos de fuentes poco fidedignas que afirmaban sobre reuniones donde se habría debatido la posibilidad de que Paraguay establezca reservas nacionales en Bitcoin. No nos consta que esos encuentros hayan existido ni quiénes estuvieron sentados en la mesa, pero lo cierto es que la conversación tiene que comenzar. Y es hora de que, como país, analicemos esta posibilidad con seriedad.
Paraguay tiene una ventaja energética única en el mundo: producimos más electricidad de la que consumimos y seguimos regalando ese excedente a nuestros vecinos, a precios que no reflejan su verdadero valor. Cada megavatio exportado es una oportunidad perdida para transformar nuestra matriz productiva y blindar nuestro futuro. Una reserva nacional en Bitcoin es una forma de convertir lo que hoy se desperdicia en un activo estratégico.
Los ejemplos internacionales son claros:
Bhutan, silenciosamente, minó Bitcoin con parte de su energía hidroeléctrica y hoy posee más de mil millones de dólares en reservas digitales.
El Salvador convirtió al Bitcoin en moneda de curso legal y abrió un laboratorio de política monetaria que lo puso en el mapa global.
Estados Unidos, aunque no lo comunique abiertamente, ya acumula Bitcoin a través de incautaciones federales y fondos que respaldan a los nuevos ETF.
Nosotros no tenemos que copiar modelos ni lanzarnos a experimentos improvisados. Pero sí debemos reconocer que, a pesar de que el guaraní es una de las monedas más estables de la región, una inflación silenciosa se está apoderando de nuestro bienestar y que Bitcoin, con su emisión limitada, representa una reserva de valor incorruptible.
La propuesta es simple y, por sobre todo, realizable:
Constituir una reserva nacional en Bitcoin administrada por el Banco Central, con auditoría ciudadana y reportes públicos periódicos.
Aprovechar los equipos de minería incautados en operaciones ilegales, creando un Centro de Datos del Estado que convierta la energía excedente en Bitcoin.
Asignar parte de los rendimientos a programas estratégicos como becas (Becal), innovación tecnológica y fortalecimiento del sistema eléctrico.
Lo que no podemos permitir es una versión nacional de “La Gran Milei”: hablar mucho de activos digitales, prometer revoluciones y terminar atrapados en escándalos que tienen un costo político y social elevado. Necesitamos seriedad, planificación y una narrativa de soberanía.
Estamos en un punto de inflexión. Bitcoin es una herramienta de política pública de alcance global. Mientras otros países y grandes empresas lo toman como parte de su estrategia, nosotros seguimos discutiendo si los rumores son ciertos o no. La verdadera pregunta es otra: ¿queremos ser protagonistas de la nueva era financiera o simples espectadores que exportan energía barata y compran inflación cara?
No es una frase amasada: cuando hay energía, hay progreso. ¿Por qué seguimos exportando el potencial de progreso acelerado y competitivo de nuestro país? Esta es la única manera de transformar nuestra matriz económica en los próximos diez años. No se habla de una industria en particular, sino de un conglomerado de industrias, parques industriales y logísticos que dinamizan el desarrollo gracias a las oportunidades energéticas.
El momento de tomar una postura es ahora. Si no lo hacemos nosotros, lo hará otro país con menos recursos y más audacia. Y entonces, pudiendo ser pioneros, nos tendremos que conformar con mirar desde la tribuna.