Quizás sea el espíritu del Viernes Santo el que impregne de tanta tristeza este comentario. O quizás sea la constatación de que la más antigua Facultad de Medicina del país está cruzando los días más negros de toda su centenaria historia. No por previsible, ni por anunciado, el dolor es menor. Ante la inacción de unos y la resignación de otros -somos muchos los que debemos admitir nuestra pertenencia a uno de estos grupos-, un invencible proceso de degradación fue derritiendo la moral de una casa de estudios otrora orgullosa de su tradición de dignidad ante el autoritarismo, de sus concursos limpios, de sus asambleas democráticas, de sus gremios combativos.
La prensa divulga desde hace meses los casos de corrupción, de desórdenes administrativos, de las pugnas judiciales por cargos que jalonan esta interminable crisis. ¿Cuándo empezó a joderse Medicina? Si la fecha exacta se vuelve difusa, el motivo real aparece nítido e incontrastable: cuando empezó a manejar mucho dinero. Mientras sus presupuestos -y los de su hospital escuela- fueron escuálidos, los cargos directivos de la Facultad eran aceptados a regañadientes. Constituían una distinción honrosa para la persona propuesta, pero eran como una carga pública. Hoy en día, hay quienes se aferran a esos puestos como garrapatas desesperadas ante la posibilidad de alejarse de una rica fuente nutriente.
Hace años que, con la ayuda japonesa e ingentes aumentos presupuestarios nacionales, comenzó a erigirse el nuevo Hospital de Clínicas en el campus de San Lorenzo. Una década después de obras, licitaciones, contratos, cambio de planos y anuncios de pronta culminación, la construcción está aún lejos de terminar. La mitad del viejo hospital se ha mudado, la otra mitad sigue en el edificio antiguo, en una división esquizofrénica que ocasiona costos humanos y materiales incalculables. Por el camino se fue urdiendo una sórdida saga de sospechas, denuncias de enriquecimientos asombrosos y procedimientos poco transparentes. Los silencios fueron comprados con nombramientos -hay profesores con cuatro y cinco sueldos-, tajadas sindicales -hay privilegios y nepotismo vergonzosos- y la creación de verdaderas claques respaldadas por caciques partidarios.
Medicina transpira decadencia. Su Asociación de Profesores está profundamente dividida, la de Médicos nunca más pudo recuperar su protagonismo de antes y los estudiantes -bastiones históricos contra los intentos de avasallamiento externo- tienen hoy una dirigencia marrullera, oportunista e influenciable. Con tantas sospechas e inconductas, también el rumbo académico se extravió, pues de tanto pelearse por administrar el apetitoso presupuesto, quedan pocos profesores con tiempo para enseñar.
“Que se vayan todos” es la proclama impotente de muchos, hastiados de una crisis que se arrastra hace meses y no parece tener más solución que la intervención. Vaya paradoja dolorosa la de Medicina: tantos años luchando por la autonomía universitaria, para terminar reconociendo que no queda otra salida que ésa.
No estoy convencido de que la intervención logre recuperar la institucionalidad de Medicina. No será posible hacerlo sin enormes dosis de honestidad y ninguna pizca de impunidad. Solo estoy seguro de dos cosas. La primera es de que la mejor receta para destruir una historia de dignidad es dar a algunos inescrupulosos la administración de mucho dinero. Y, la segunda, de que no se debería escribir en Viernes Santo. Le salen a uno comentarios tenebrosamente deprimentes.