Opinión

¿Quién puede darnos algo de esperanza?

Gustavo A. Olmedo B Por Gustavo A. Olmedo B

“Qué bueno! algo de aguante en esta vida de mierda” era el comentario que acompañaba una fotografía en redes sociales. En la gráfica se podía ver a un simpático niño bailando en medio de una transitada avenida.

Las redes sociales son en la actualidad esa vidriera que deja en evidencia ciertos hilos conductores del pensamiento de nuestro tiempo. Es un microclima, como siempre solemos decir; un limitado termómetro que no alcanza para suponer el pensamiento de la mayoría, como muchos falsamente creen; pero algo de lo que es la sociedad o lo que somos se refleja en estas plataformas.

Seguimos navegando, y a este comentario se agregan otros similares en posteos diversos. La crítica y la queja se entremezclan; desde las agresiones verbales a “políticos ladrones”, “el circo” del Congreso, las calles destruidas, las plazas ocupadas y el juicio político, pasando por los motochorros, el narcotráfico, los zorros coimeros, hasta llegar a la tercera guerra mundial, las modelos “que facturan”, la suba de combustible y los casos de sicariato que va en aumento.

Una densa marea de angustia y amargura parece imponerse en el ánimo de propios y extraños en este mundo virtual. Es lo que se percibe. Algo que, de seguro, también se murmura silenciosamente entre la gente que vemos pasar o con la que compartimos un viaje en colectivo.

La desesperanza pareciera ser el cristal con el que se mira toda la realidad. ¿Podemos tener alguna esperanza? ¿Es necesaria para vivir?

Un hombre llega cansado y algo triste. Fue un día pesado. Abre la puerta y su pequeña hija corre para saludarlo. Mientras sus brazos lo envuelven como pueden, las penas se disipan. Su rostro lleno de frescura y los ojos brillantes de niña hablan de otra cosa, una extraña alegría.

“Apenas se recuperaba de los intensos malestares, su rostro se iluminaba con una inocente sonrisa”. Palabras más, palabras menos, así describía un padre de familia al hijo que padece de una extraña dolencia. “Nunca deja de sonreír” en plena hospitalización.

Algo debe cambiar, quizá nuestra mirada de adultos, cargada, por lo general, de prejuicios, pretensiones y frustraciones. Mirar la realidad y aprender de ella; disfrutar de lo bello y positivo que nos ofrece, agradecer por aquello que tenemos, dejando de pintar todo el paisaje con el color oscuro de aquello que falta, y que, incluso podría no ser imprescindible. «La jornada más bonita de la semana es el lunes, porque el lunes se vuelve a empezar, se retoma el camino, el designio, se reemprende el trabajo para plasmar la belleza y el afecto» (L. Giussani, De un temperamento, un método, Madrid 2008). Esta afirmación de este pensador contemporáneo, cuyo centenario se celebra este año, es una tremenda provocación. Se trata de una mirada que vale buscar aprender.

«Debemos luchar por la belleza, porque sin belleza no se puede vivir. Y esta lucha debe penetrar cualquier aspecto particular…”, añadía al respecto Giussani, quien además afirmaba que la realidad es siempre positiva, no porque todo va bien o no existan dificultades, sacrificios o sufrimientos. Sino que “positiva” porque toda la realidad y su devenir sirven para el crecimiento y maduración de la persona, siempre y cuando exista una postura abierta a descubrir la inmensidad de la realidad, el misterio que nos crea a cada instante y esas exigencias que nos hacen infinitos.

El desafío cotidiano es aprender esa mirada de niño, que se fascina con lo esencial. El reto, además, es ser leales a esa exigencia de felicidad y belleza que guardamos dentro, como un grito imposible de callar. Seamos adolescentes, adultos o ya ancianos; ese reclamo de “luchar por la belleza” permanece; a veces oculto entre cenizas, pero está. El reto es dejar espacio a ese reclamo para luego, incluso, dejarse educar en esa mirada que no niega lo negativo pero se conmueve por el atractivo siempre presente en el fascinante y misterioso tablero de la realidad cotidiana.

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