Por Brigitte Colmán
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Es raro cómo las palabras van sumando nuevos significados.
Mbarete es un ejemplo. En Paraguay, es frecuente hablar de la ley del mbarete, que viene a ser la intrínseca prepotencia que está en el origen de muchas de nuestras conductas.
La expresión, sin embargo, sirve también para calificar de manera positiva. Por eso, una persona puede ser mbarete en el sentido de la fuerza y de la integridad y, con frecuencia, las chicas dicen de un muchacho que está mbarete.
La extensa introducción va para contarles lo que les sucedió a unos amigos. Ellos viven en un barrio de Lambaré y en su patio tienen un pequeño bosquecito urbano de eucaliptos. De todas las plantas, la preferida era un pequeño lapacho amarillo plantado en la vereda.
Resulta que los amigos tuvieron la mala pata de adquirir nuevos vecinos, malos, muy malos, quienes hace unas semanas cortaron la planta, de una forma muy cobarde, en medio de la madrugada, mientras todo el mundo dormía.
Mi amiga me explicó, con gran tristeza, la motivación de los malvados. Las ramas tapaban el cartel que anuncia la profesión de uno de ellos. Por eso les molestaba el arbolito.
Ellos están muy enojados, pero sobre todo se sienten impotentes porque sus vecinos tienen un pariente que ocupa un alto cargo en uno de los poderes del Estado. Esta situación significa, para muchos, tener el poder de hacer lo que a uno se le venga en gana: usar los bienes y recursos a piacere, dar trabajo a toda la familia, sea en el ministerio, en la corte o en alguna entidad binacional y, sobre todo, curtir la onda del mbarete.
Los años de transición a la democracia sirvieron para construir una democracia formal, con imperfecciones, pero democracia al fin. Se han conquistado libertades y derechos, pero no se ha logrado construir una cultura democrática.
Esto, que puede parecer un poco abstracto, se manifiesta sin embargo en el plano cotidiano de manera evidente, con cada acto de avasallamiento de los derechos del otro.
Las relaciones cotidianas son una muestra de lo mucho que nos falta avanzar como sociedad: la manera en que nos conducimos en la calle al no respetar las reglas de tránsito, la botella de plástico que vuela al pavimento desde la ventanilla de un automóvil, y el patio baldío sin limpiar, donde se reproducen los Aedes aegypti, y que pone en peligro a todo el barrio.
El problema se enuncia de manera bastante sencilla: nuestras libertades no reconocen el límite que debería ser el derecho del otro.
Volviendo al malogrado lapachito. En realidad, el caso parece un callejón sin salida; porque la respuesta tuvo que haber sido la negociación.
Para los depredadores del lapacho no hubiera significado un esfuerzo extraordinario tocar el timbre de la casa de al lado y decir: “Hola, somos sus vecinos, las ramas del arbolito tapan nuestro cartel, ¿podrían cortar un poco?”. No costaba nada, pero de todas maneras decidieron seguir la vieja tradición de la prepotencia.
Y es una pena, porque, como todos sabemos, es mucho mejor tener vecinos mbarete que tener vecinos mbarete. ¿O no?