Opinión

¡Qué loco!

Difícil decidir sobre qué escribir este domingo. La sucesión vertiginosa de hechos singulares hace dudar al más decidido columnista, que más será a este servidor que tiene la duda como herramienta de trabajo. Pero hagamos un recuento rápido del menú que bien puede empezar con la confe(sión)rencia del senador Javier Zacarías Irún.

Luis BareiroPor Luis Bareiro

Muy suelto de cuerpo, el político esteño que se desplaza a menudo en su propio avión contó que recién este año se inscribió como contribuyente del impuesto a la renta personal (IRP). O sea que lo venía evadiendo olímpicamente. Para quienes desde el 2013 juntamos hasta las facturas de la chipa, el golpe se sintió más abajo de la cintura.

La excusa de Zacarías fue de una candidez insuperable: le echó la culpa a su contadora. Claro, por qué tendría que saber de leyes tributarias él, que solo fue intendente, diputado y ahora senador, y que –según afirma– hizo fortuna como abogado.

De allí pasamos al impacto notable que tuvo en la opinión pública taiwanesa la visita del presidente Abdo Benítez y su delegación a la isla de Formosa. Lamentablemente, quien se robó el espectáculo no fue el mandatario, sino Julián Vega, el director de Migraciones, que llevó consigo el manual de protocolo de su seccional, y que tras su escrupulosa aplicación fue denunciado por posar reiteradamente las pezuñas en el muslo de la traductora taiwanesa que le asignó el Gobierno chino.

Se salvó del proceso merced a su pasaporte diplomático, el mismo que la Cancillería anduvo repartiendo entre correligionarios y parientes como si fuera caramelo.

Lo curioso fue el equipo de féminas que lo recibió en el aeropuerto, a su regreso al país. Cuando todo hacía suponer que había otro escrache en puertas, Vega fue ovacionado como héroe nacional con pancartas alusivas a su hazaña, con consignas como “muerte a los taiwaneses”. Una digna representante republicana con una indiscutible conciencia de género preguntó si acaso la intérprete tenía la pierna y sus partes pudendas de oro. Es de suponer que solo en ese caso está mal visto tocarlas.

Ese mismo día escuché la queja más singular que haya oído hasta hoy sobre la ineficacia del 911. Una joven lamentó que tuviera que llamar cuatro veces antes de que la policía acudiera al lugar donde ella yacía al lado del cuerpo de un amante de ocasión al que había apuñalado luego de compartir una noche de drogas, alcohol y sexo.

El corolario fue la arista paranormal que le encontró un medio al de por sí macabro caso del quíntuple homicidio. Como si la historia no fuera ya suficientemente espantosa, aparecieron en pantalla exorcistas y síquicos explicando los gritos que supuestamente quedaron grabados en una entrevista posterior en el lugar de los hechos.

Lo cierto es que terminé este breve resumen de algunos de los temas que impactaron en la opinión pública y decidí que mejor escribiría nomás sobre alguna cuestión que no tuviera relación con toda esa mala onda, como, por ejemplo, que concluye hoy la Semana Internacional de la Salud Mental.

Pero me quedé sin espacio.

¡Qué loco!

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