Opinión

Por la piel y los ojos

Alfredo Boccia Paz – @mengoboccia

La sobrecogedora imagen de una Asunción oscurecida en pleno mediodía es solo una señal de los tiempos. Que no proviene del Más Allá, sino de las profundidades de un planeta cada vez más seco y caliente. Asusta, por ser la primera vez que ocurre, pero será un fenómeno cada vez más frecuente. Hace unos días un gran incendio forestal en California produjo la mayor nube de humo que se haya visto en Estados Unidos. Hace unos meses el cielo de Buenos Aires se volvió gris por la quema de humedales del Delta del río Paraná. Hace un año, São Paulo vio cómo el anochecer comenzaba a las tres de la tarde al ser cubierta por el humo negro que descendía de un Amazonas ardiente.

La naturaleza es pródiga en advertencias. Los humanos somos avezados en ignorarlas. Lo que debe ocurrir, ocurrirá, pensamos. Pero afectará a territorios lejanos, a habitantes de un futuro en el que ya no estaremos. Quizás por eso observemos con fría lejanía los incendios que arrasan Australia, el inusual número de ciclones tropicales en el Atlántico o la insólita aparición de un huracán en Grecia, en aguas del habitualmente calmo mar Mediterráneo. Quizás por eso no nos inmute que la temperatura media de la Tierra se haya elevado 1,1 grados respecto a la era preindustrial.

Crecimos acostumbrados a ciclos meteorológicos razonablemente predecibles, hasta que esa confortable estabilidad se fue al tacho. Inundaciones enormes, tempestades inesperadas y sequías prolongadas atormentan la vida de los pronosticadores. El clima del mundo ha cambiado y poco parece importarle a la naturaleza si hemos sido capaces o no de darnos cuenta de ello. El calentamiento global llegó antes de lo esperado y los incendios solo son una de sus consecuencias.

El cambio climático, esa herencia nefasta y abstracta que íbamos a dejar como problema no resuelto para la próxima generación nos está matando ahora, sin esperar nuestros plazos. Hoy, en Paraguay, lo sentimos en nuestra epidermis hirviente. Y nos ocurre en plena pandemia viral. Lo notable es que el Covid ha aportado sus propias pruebas: La recesión que produjo ha disminuido en pocos meses las emisiones de CO2 de un modo que ninguna guerra o acontecimiento lo hizo en el último siglo.

Desalienta volver a hablar de aquello que se supone sabido. Pero como escribió André Gide: “Todas las cosas ya fueron dichas, pero como nadie escucha es preciso comenzar de nuevo”.

La deforestación, el cambio climático y el riesgo de incendios forestales están directamente relacionados. La brutal tala de bosques del Paraguay ha sido objeto de numerosas publicaciones en revistas especializadas. Hemos cambiado selva por soja y vacas. Ese rentable agronegocio constituye la base de nuestra sólida estructura macroecónomica. Y también explica muchas de nuestras debilidades e inequidades, pero ese es, por ahora, otro tema. La deforestación aumenta la temperatura, provoca menos lluvia y seca la vegetación. A ese combustible perfecto para los incendios forestales solo le falta una chispa. Y nunca falta un ser humano que, por codicia, imprudencia o estupidez, la encienda.

Si quienes deforestan incluyeran en sus ecuaciones de rentabilidad lo que se llama capital natural respetarían la salud de los ecosistemas. Llegará el día que los oligarcas del agro, sordos a los reclamos ambientales, escucharán a sus contadores. El valor económico de los servicios que provee el medio ambiente está invisibilizado en sus análisis de costo-beneficio. Sus números dejan de lado una evidencia: Que los seres humanos dependen de la naturaleza para su bienestar.

Este extraño momento que vivimos reduce nuestras opciones de felicidad y pone a prueba nuestra racionalidad. ¿Será que ni siquiera cuando la piel nos quema y nuestros ojos arden somos capaces de entender que no podemos tirar abajo ni un árbol ni contaminar un arroyo más?

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