Opinión

Pobreza, desigualdad e inequidad

 

La situación de crisis y de caos que viven en este momento casi todos los países de América Latina es objeto de numerosos análisis por muchísima gente; algunos culpan a la pobreza reinante, otros a la enorme desigualdad y no pocos a la inequidad del sistema. Como en estos análisis se mezclan conceptos tan diferentes, como pobreza, desigualdad e inequidad, creo que es importante realizar una diferenciación de estos términos.

De la pobreza existen numerosas definiciones, pero la más básica es aquella que dice: Pobreza es la situación de una persona que no tiene los ingresos económicos necesarios para tener una vida digna. Es el no tener acceso a derechos humanos fundamentales, como la alimentación, la vivienda, la salud y la educación.

Si bien es cierto que la pobreza tiene múltiples dimensiones, en general, es un problema que tiene un fuerte componente económico y que por lo tanto se soluciona en gran parte, generando riqueza.

Por eso hay continentes enteros que son pobres, como el África, y continentes enteros que son ricos, como Europa; así también hay países enteros que son pobres, como Haití, y países enteros que son ricos, como Estados Unidos, según hayan logrado o no, generar riqueza, crecimiento y desarrollo.

Existen muchas maneras de medir la riqueza de un país –pero a pesar de sus limitaciones– la más utilizada es la del producto interno bruto per cápita, creada en 1934 por el economista norteamericano Simón Kuznets durante la Gran Depresión.

En casi todo el siglo xx, el único indicador utilizado para evaluar el desempeño de un país fue el del producto interno bruto per cápita, porque el foco era la reducción de la pobreza a partir de la generación de riqueza.

La desigualdad a diferencia de la pobreza ya no es un problema económico solamente, sino que es un problema sobre cómo se distribuye la riqueza generada.

Es muy difícil de medir, pero la fórmula más utilizada es el Índice Gini, creado por el estadístico italiano Corrado Gini, en el año 1912, y cuyos indicadores determinan, desde la igualdad absoluta, donde todos tienen el mismo ingreso, hasta la desigualdad absoluta, donde una sola persona tiene todos los ingresos y el resto nada.

En las últimas décadas, cuando muchos países se fueron desarrollando y reduciendo la pobreza (como Chile), comenzó a sumarse al análisis el tema de la distribución del ingreso y de la desigualdad.

Aquí observamos las más diversas combinaciones; existen países pobres y muy igualitarios, como la mayoría de los países africanos, así como existen países muy ricos, pero donde hay una gran desigualdad, como en los Estados Unidos.

Para la gente que cree que la libertad del individuo para buscar su felicidad se encuentra por encima del Estado y que el éxito económico de cada uno depende de su esfuerzo estudiando, trabajando, ahorrando e invirtiendo, la desigualdad es normal y positiva.

Pero para la gente que cree que la armonía en la sociedad se encuentra por encima de los deseos y capacidades individuales, la desigualdad es una fuente de tensión y malestar que tarde o temprano terminará afectando a todos y para ellos la desigualdad es injusta y negativa.

Cuando a esta discusión ideológica se le incorpora el tema de la equidad, la misma se complica muchísimo más, porque la equidad es un concepto ético, que tiene mucho que ver con el ideal de Justicia que cada uno tiene.

Distribuir en partes iguales la producción de bienes, cuando cada uno ha contribuido en forma diferente a producirlo… ¿es equitativo?

Distribuir con base en el esfuerzo de cada uno la producción de bienes, cuando sabemos que en la sociedad existen personas incapaces por problemas de desnutrición y de salud... ¿es equitativo?

Estos son los temas complejos que dividen a nuestras sociedades latinoamericanas, pero son muy difíciles de debatir con racionalidad por el ambiente de crispación, enfrentamiento y descalificación que hoy existe.

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