Por Brigitte Colmán bcolman@uhora.com.py
Un buen día llega Viktor Navorski, ciudadano de un ficticio país denominado Krakozhia al aeropuerto John F. Kennedy de la ciudad de Nueva York.
Llega con la misión de obtener el autógrafo del saxofonista Benny Golson, una promesa hecha a su padre. Cuando Viktor llega al aeropuerto de Nueva York, resulta que en su país hubo un golpe de Estado, y como EE. UU. no reconoce al nuevo gobierno, ni él ni su pasaporte ya son válidos para entrar a ese país. Queda pues el pobre Viktor, atrapado en el aeropuerto: el no puede entrar a los Estados Unidos, ni regresar a su país.
La Terminal, dirigida por Steven Spielberg, está basada en la historia de un refugiado iraní que vivió en el aeropuerto de París. En la comedia, Tom Hanks es Viktor.
En la película pasa de todo. Hay un jefe de seguridad que es malísimo, pero en la misma proporción de aquella maldad, aparecen un montón de personajes buenos que le hacen el contrapeso al malvado.
Pero, ¿qué hubiera pasado si en vez de aterrizar en el John F. Kennedy de la ciudad de Nueva York, Tom Hanks hubiera llegado al Silvio Pettirossi de la República de Luque?
Ya lo veo al pobre Tom, bajando por la manguera y entrando a nuestra principal terminal aérea, en uno de esos vuelos que llegan cerca de la medianoche.
Él nunca se va a enterar, pero acaba de aterrizar en un aeropuerto que funciona sin radar; y se va a encontrar con funcionarios pire vai, quienes al ver su pasaporte van a mirar gua’u su documento y lo van a dejar pasar.
Si le tocara llegar en un ardiente diciembre, la va a pasar muy mal. Sabemos que cada tanto, el acondicionador de aire de nuestro aeropuerto se descompone, y los que pasan por ahí, y los pocos que trabajan ahí se ven obligados a hacer sauna. Es horrible.
ABURRIMIENTO TOTAL. Y que tampoco se haga ilusiones con comerse una Burger King. En nuestra principal estación aérea hay pocas opciones para comer algo, un restaurante, un café en la planta baja y otro en la zona de embarque.
Subir y bajar las escaleras mecánicas como pasatiempo es poco recomendable; suelen ocurrir accidentes en nuestras escaleras. Tom podría comprar diarios, pero si no sabe castellano estará perdido. O puede entretenerse mirando las artesanías; y hasta ponerse a hablar con alguno de los Maká, que seguro intentará ensoquetarle algún colorido collar de semillas.
Pero lo peor de todo será cuando necesite ir al toilette. Si tiene suerte, estos no estarán clausurados, y solamente va a tener que soportar que estén sucios y descuidados.
Sin embargo, quizá Tom tenga suerte después de todo, y su llegada coincida con una huelga de los funcionarios del aeropuerto. Ahí quizá encuentre que los muchachos se apiadan de él y le invitan su tereré, y puede tener la maravillosa experiencia de probar por primera vez en su vida un sándwich de empanada.
Y si alguno de los huelguistas maneja espanglish le va a contar que, ellos están haciendo una huelga, “la más grande de la historia”, en contra de la modernización del aeropuerto.
Ese día, definitivamente, Tom se va a poner a llorar y va a pedir a gritos que lo dejen subir a algún avión.