Opinión

Pisándonos los talones

En una extensa y trepidante entrega de la serie del detective Kurt Wallander, creación  del escritor sueco Henning Mankell que estoy terminando de leer en estos días (montado en   fluctuantes colectivos fantasmales, en idas y vueltas llenas de ansiedad lectora),  el misterioso asesino de la novela  elimina con una  pistola     a una pareja de  felices recién casados,  distendidos en una sesión de fotos en una  apacible playa de Suecia durante su luna de miel. Boda reciente, playa, felicidad, asesinato: combo explosivo.

Blas Brítez Por Blas Brítez

Leído en la noche del martes de esta semana en una Línea 28, mientras subían y bajaban en su mayoría trabajadoras y estudiantes al filo de la hora para repartirse en suburbios oscuros, este pasaje de Pisando los talones (1997) sonó extraña y macabramente profético para un lector paraguayo que todos los días lee sobre muertes en los diarios: hacía apenas unas horas habían asesinado al fiscal Marcelo Pecci en una playa colombiana cercana a Cartagena de Indias, la ciudad de los amores y otros demonios de Gabriel García Márquez, casado el hombre hace no más de dos semanas y en plena luna de miel, feliz y lejos del desesperante Paraguay de estos últimos años, al lado de su reciente esposa, súbitamente atribulada sobreviviente de un atentado en el que murió un hombre caro a la Justicia paraguaya, a la influencia de los Estados Unidos, de la Unión Europea y de Colombia.

Para quienes todos los días prestamos atención a las noticias principales surgidas en este país (en general, noticias violentas real o simbólicamente) no es extraño que lo que pasa en Paraguay, en América Latina (en México, en El Salvador, en Colombia, en Ecuador, en Uruguay o en Argentina, donde la guerra del tráfico está en auge entre facciones o contra el Estado), se parezca cada vez más a los territorios de la ficción a que nos acostumbran las novelas, las películas, las series que toman sus tramas del imaginario de lo real.

Mankell describe un profundo “mal” humano en sus grandes novelas morales que protagoniza ese detective cascarrabias y tierno que es Wallander. El de la violencia que destroza los lazos comunitarios en un paisaje felizmente engañoso del capitalismo tardío, una violencia que es social y psicológicamente algo diferente a la nuestra, es cierto, pero que es igual de actual en sus motivaciones al fin: la ambición, la codicia, la crueldad, el poder, la muerte, incluso el placer (este uno de los condimentos más notables hoy). Temas legendarios del arte también, por supuesto.

“Tenés que leer El poder del perro, de Don Wislow”, me impele siempre alguien desde hace tiempo y me lo volvió a recordar apenas comentamos los hechos básicos referentes al asesinato de Pecci. Todavía no lo hice, lamentablemente, pero está claro que lo que nos sucede como sociedades en el mundo entero suele ser percibido primeramente por el potente lenguaje del arte que nos devuelve siempre a la cara los asuntos principales, a su manera.

Más allá de estas conexiones no demasiado antojadizas con nuestra violenta realidad estructural (que también podrían incluir las novelas del mexicano Élmer Mendoza o los cuentos sobre sicarios de los paraguayos Jorge Rolón Luna o Arístides Ortiz, venga de donde venga el mensaje del asesinato parece estar dirigido a múltiples destinatarios: para el nuevo Paraguay que tiene un año electoral pesado y una guerra dispersa entre traficantes que son, a su vez, financistas políticos; para la vieja Colombia que está de vuelta y que extraditó a Estados Unidos al histórico paramilitar Otoniel, formado bajo la protección de Álvaro Uribe Vélez, lo que provocó una clara demostración de fuerza con 80 ciudades “adheridas” al Paro Armado convocado por los traficantes; para los EEUU y la UE, finalmente, que diseñan diferentes operativos espectaculares en el continente, llamados “humanitarios”, pero que siempre tienen un componente político en regiones donde los problemas sociales son, precisamente, gestionados por grupos irregulares armados ante el abandono del Estado.

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