Hay evidentes signos de malestar ciudadano no solo en el país, sino en todo el mundo. El cambio de los paradigmas económicos donde, por ejemplo, un joven de menos de 30 años como el fundador de Facebook, tiene una empresa virtual que emplea a menos de 2.000 personas, pero su empresa tiene un valor en la bolsa superior al PIB de varios países juntos de América del Sur. Esto nos muestra el agotamiento de un modelo y el nacimiento de otro. En el que viene, calificado por algunos como posindustrial, el conocimiento tiene un valor superlativo, donde un chip vale más que una estancia, un barco granelero con soja en su interior o miles de cabezas de ganado.
Nuestra idea de la riqueza está equivocada y es bueno que comencemos a darnos cuenta de ese cambio.
Los sindicatos son hijos del modelo económico industrial que, además, dio nacimiento a los partidos políticos. Hoy un país sin industrias como Singapur es uno de los 10 más ricos del mundo. Aquí aún se pide la industrialización del país cuando el modelo de generación de riqueza está en el rubro de servicios, donde vale lo que uno posee en la cabeza, no en lo que se encuentra sembrado o plantado físicamente. De ahí el desconcierto de los sindicatos y de los políticos. Se les ha caído la obra teatral, en la que por muchos años protagonizaron reiterados sainetes.
Hoy son compañeros de ruta hacia el despeñadero y por eso ambos proclaman haber salido triunfadores en la huelga general del pasado 26.
Se cachetean no por enojo o rabia, sino por camaradería y para demostrarse estar vivos. Es elocuente que sea el Estado la última forma “fabril” de organización del escenario de la lucha por las reivindicaciones laborales y que los partidos políticos y sindicatos libren en él una dura lucha por sobrevivir.
El mundo cambió y ante eso quedan solo dos caminos: reconocer y cambiar a la vez, o ignorarlo y perecer en la nostalgia.
El grave problema de este modelo económico es su carácter de explotación “intelectointensiva” y lo que tenemos en educación se corresponde al modelo del siglo XIX como lo reconoció la actual ministra del ramo. O sea no podemos competir porque carecemos de capacidades y de herramientas. El malestar es, por sobre todo, por perplejidad, incapacidad e impotencia.
Queremos algo que no podemos y no estamos haciendo la tarea de ponernos a la altura de las demandas de un mundo que no tiene ni tiempo ni paciencia con los rezagados como nosotros.
Con solo un 5% de ingresantes a la universidad, solo terminamos graduando a un 10% de ellos y muchos de ellos sin empleo. Este malestar de la impotencia puede acabar con el formalismo democrático que hemos venido sosteniendo a tambor batiente en los últimos 25 años y no debería sorprendernos que se canalice en forma de un gobierno autoritario de corte fascista, sea de izquierda o de derecha en las definiciones del siglo pasado.
No es sostenible este modelo de generación de riqueza. O le damos al Estado capacidad de gestión con impuestos justos o seremos arrasados por el descontento de millones que hoy han convertido los estadios en canalizadores de sus broncas y en la pobreza está su elocuente demostración de fracaso.
En la última huelga no ganó ni perdió nadie. Ha sido una pelea entre vacas flacas que no logran entender por qué el pasto es cada vez más escaso y la tierra mucho más yerma.
Esas son las consecuencias... la causa está en la madre del borrego: la educación.