25 feb. 2024

Paraguay debe dejar de ser el paraíso de la ilegalidad

La investigación multimedios emprendida por Telefuturo y Última Hora sobre el mercado negro de armas nos muestra un aspecto más de una preocupante realidad: Nuestro país es un paraíso para todo negocio ilegal y un verdadero centro para el crimen organizado. Según esta investigación, armas ingresadas a Paraguay y que están fuera del radar de la Dirección de Material Bélico estarían al servicio de las organizaciones criminales de la región. Con la información disponible solo falta que las instituciones cumplan con su responsabilidad.

La información revelada por el estupendo reportaje investigativo multimedios es, sin dudas, preocupante, y aporta un elemento más sobre la realidad del crimen organizado en el Paraguay. Nuestro país es un verdadero paraíso para todo tipo de actividades criminales, un logro del cual paraguayo alguno puede presumir.

Señala la investigación que 17.369 armas ingresadas y registradas en el Paraguay han desaparecido del radar de la Dirección de Material Bélico (Dimabel) y se presume que estarían al servicio de las organizaciones criminales de la región, particularmente las del Brasil. La cifra de armas “desaparecidas” representa al 41% de las armas importadas legalmente en los últimos cuatro años.

El esquema descrito es el siguiente: pistolas y fusiles ingresan legalmente a través de los importadores y luego son vendidas a casas comerciales, y es aquí, en este punto, donde se pierde su rastro. Las casas no pudieron justificar la inexistencia de las armas en sus depósitos. En el último año, modestas casas de caza y pesca y otros distribuidores multirrubro permitieron la fuga de las 17.369 armas del mercado legal al mercado negro. Las armas que figuran como desaparecidas podrían abastecer al 100% de las Fuerzas Armadas o al 80% de la Policía Nacional, de acuerdo con los datos del Sistema Integrado de la Dirección de Material Bélico.

Nuestro país ocupa el vergonzante puesto número 4 –de entre 193 Estados miembros de la Organización de las Naciones Unidas– entre las naciones con mayor criminalidad organizada del mundo, ubicándose detrás de Colombia y México en lo más alto de una tabla liderada por Myanmar.

La fuerte presencia de la mafia en el país responde a diversos factores, uno de ellos es, sin dudas, nuestra ubicación geográfica en el corazón de América Latina con fronteras con mercados como Brasil, Argentina y Bolivia.

Somos atractivos para el tráfico de armas, la distribución de cocaína andina por la alta presión que hay en los puertos de Argentina y Brasil, somos el primer productor de marihuana en Sudamérica, es fácil traficar a través de la hidrovía Paraguay-Paraná, desde el 2010 tenemos significativa presencia del Primer Comando Capital (PCC), tenemos una frontera muy porosa, el tabaco y los productos falsificados financian actividades criminales y finalmente los organismos internacionales afirman que Paraguay tiene un problema de corrupción generalizado, que afecta a todos los niveles del Gobierno y la sociedad, tanto en el ámbito público como el privado.

Dentro de este contexto, no caben dudas de que el gran negocio del tráfico de armas ilegales hace posible que, una vez desaparecidas esas armas, vayan a parar a manos de las organizaciones criminales.

Los mismos artefactos de fuego que desaparecen de los registros oficiales, pero que en el camino aparecen bajo el registro de ciudadanos que no están involucrados y han sido utilizados, terminan apareciendo en manos de los mismos sicarios que –tristemente– se han convertido en parte de nuestra nueva normalidad de país centro del crimen organizado.

Desde fuera puede sorprender a extraños la forma en que ha ido creciendo este flagelo en el Paraguay; sin embargo, el proceso ha sido lento y constante, y le debe todo a la ausencia del Estado y una notable debilidad institucional, a una justicia parcial y a la impunidad. No debemos dudar en señalar como culpable principal a nuestra clase política, que abrió las puertas al dinero sucio para financiar campañas y candidaturas. Por eso hoy nuestra soberanía y nuestra democracia están seriamente comprometidas.

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