Quién no desea llevar una vida amable, donde las relaciones humanas estén tejidas de felicidad, bienestar, amor y solidaridad? ¿Qué necesitamos para esta hermosa existencia? Esa es la pregunta de la justicia. Por acaso, ¿no son la autonomía y la satisfacción de las necesidades la histórica y recurrente respuesta? Seamos claros: ambicionamos el estar bien, no sufrir privaciones ni angustia. Tener lo suficiente para ser libres y disfrutar de la libertad. Amarnos y respetarnos los unos a los otros. Y que, en vez de la mentira, nuestras palabras y acciones correspondan a la verdad, y que no dejen una abertura por donde se filtren la hipocresía y la maldad.
Sin formación, un buen empleo, un salario adecuado para tener una vivienda decorosa, con espacio para que el verde jardín estalle en flores, y reunirnos con los amigos queridos, ¿de qué libertad podemos hablar? Si no he tenido la oportunidad de educarme y de instruir a mis hijos para que puedan vivir mejor que yo, ¿es posible hablar de autonomía? Y si no puedo acceder a los conocimientos que el mundo requiere, disponer de los medios que la ciencia y la tecnología han desarrollado para informarme, participar de la cultura de nuestro tiempo y del confort que contribuya a la vida dichosa, ¿puedo hoy hablar de igualdad?
La teoría de la justicia contemporánea de estas cosas se ocupa. De que yo, vos y nosotros somos los responsables de construir una sociedad en que las condiciones de vida, en cuanto a calidad, dignidad y bienestar, no sean una utopía, sino cotidiana realidad. De esto se trata lo justo, y la justicia misma. Y esta teoría ya ha sido formulada antes por Platón y Aristóteles, pero para los ciudadanos, que no eran todos.
Kant planteó una ética universal a partir de este sujeto que soy yo. Que debo actuar con los demás de la misma forma como quisiera que me traten a mí. La fórmula está limitada a mi subjetividad. Pero, ¿basta mi deseo? No. Vivimos en un Estado y en una sociedad que condicionan lo que yo pueda hacer. Entonces vendrá Hegel con una filosofía del derecho, atribuyendo al Estado la función de dar a cada quien según su necesidad. Ese idealismo no se percató de que el Estado es un aparato al servicio de la clase dominante y de que, en la práctica, no se ocupará del bienestar de toda la sociedad.
De ahí la intervención de Marx para demostrar que mientras unos concentran la riqueza y la mayoría aumenta su desposesión y dependencia, ni el derecho ni el Estado, y menos aún la sociedad fragmentada, concebirán y harán de la justicia un medio y un fin de la liberación humana. Al contrario, el Estado la reificará, instrumentando al derecho para profundizar la inequidad social. Solo la sociedad autoconsciente, no el Estado, generalizará lo justo como un bien de todos.
A partir de entonces, no solo el proceso histórico entró en crisis. Ya un Lasalle postulará la democratización social de la justicia mediante la Constitución. Como superestructura, esta teoría incidió para que el Estado procure reducir la desigualdad y busque la socialización de la igualdad de oportunidades. Pero el espectro de Marx (Derrida) volverá a sacudir al mundo y a la inteligencia después de la Segunda Guerra Mundial. Y el pensar sobre lo justo cerrará la sombrilla que protegía a quienes disponen de dinero para abrirse a la posibilidad de no continuar con la distinción alienante.
La posterior teoría de la justicia bajará el derecho, y con él también a la ética, al terreno del juego del sistema social. ¿Cómo? Mediante una filosofía que traza límites al Estado. Si algún poder legítimo ha de tener, será para servir a todos y, particularmente, para liberar a los desposeídos de la indigencia; y para universalizar la educación, con el aprendizaje creativo del saber-pensar, del saber-hacer y del vivir-con-valores. Y, luego, desestatizando la justicia. Su función y facticidad son responsabilidades de la sociedad.
¿De qué sociedad? De esta sociedad que conformamos todos nosotros, incluyendo a vos y a mí. A nosotros nos compete cumplir las reglas y las leyes. Terminar con la anomia: la transgresión de las normas. Pero, ¿y si las legislaciones son injustas, arbitrarias y segregacionistas? ¡Incidir para que sean justas! Los gobiernos y los legisladores son el espejo de la sociedad.
Con esto, ¿llamamos a la rebelión o des-responsabilizamos al Estado? Nada de eso. Hay que cambiar de paradigma. Superar la ignorancia. Con modificar una Corte - con ser decisivas su idoneidad y su meritocracia- no habrá seguridad jurídica. Ésta depende del sistema político. Un sistema capaz de erradicar la pobreza y las desigualdades sociales, y de modernizar la sociedad. No hay alternativa. Es la única experiencia registrada en la evolución de la justicia.
Rawls y Dworkin, pragmáticos y utilitarios, dudan de la eficiencia y probidad de los tribunales. Además, sus roles son para dirimir conflictos. La justicia no depende de la representación ni de la autoridad. Sí de que nosotros, vos y yo, rompamos las paredes de la dependencia, de la enajenación material y cultural. Y yendo hacia la autonomía, empecemos a dar a cada quien lo que se merece, sobre todo lo que necesita: bienestar, libertad, amor, respeto, igualdad, cooperación y sabiduría.
En la equidad distributiva, la justicia salta de la ley a la social realidad.
Kant planteó una ética universal a partir de este sujeto que soy yo: debo actuar con los demás de la misma forma como quisiera que me traten a mí.
Filosofía
Juan Andrés Cardozo
Filósofo
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