09 jun. 2026

No basta con un solo premio de literatura

Por Mario Rubén Álvarez | alva@uhora.com.py<br/><br/>Cada dos años – puntualmente– , en torno al Premio Nacional de Literatura, dotado de 60 millones de guaraníes, retorna el reclamo de algunos miembros de la comunidad de escritores. <br/><br/>El cuestionamiento es rotundo: algunos de los que tienen trayectoria y sus buenos años encima se llevan los galardones – y la plata, claro– , mientras que los menos notables y más jóvenes tienen que esperar el tiempo de usar bastones y paladar. <br/><br/>La Ley 1.149, de 1997, establece que el Premio Nacional de Literatura – que alterna con el de Ciencia– será entregado a “libros publicados” – dice expresamente– en el lapso de los dos últimos años. Lo que el instrumento legal expresa es que se premia un libro que en ese periodo haya reunido suficiente calidad, a criterio del jurado. Su autor puede tener 105, 54 ó 22 años. Que el texto literario sea bueno es el requisito esencial. <br/><br/> La tradición creada, sin embargo, cumplió de fachada el requisito de publicar en los dos últimos años, pero en realidad privilegió la trayectoria del escritor. De algún modo es razonable que así se hiciera: ¿Cómo se iba a dejar morir, por ejemplo, a Augusto Roa Bastos sin que su país – España ya le había dado el “Cervantes"– le rindiera el homenaje del Premio Nacional de Literatura al escritor paraguayo más grande de todos los tiempos?<br/><br/> No puede haber cuestionamiento alguno a que, además de Roa Bastos, Elvio Romero, José–Luis Appleyard, Rubén Bareiro Saguier, Carlos Martínez Gamba, Hugo Rodríguez–Alcalá, Jacobo Rauskin y Ramiro Domínguez – premio de ahora, 2009– hayan obtenido la máxima distinción a las letras paraguayas. No incluyo en esta lista de no objeción a Mario Halley Mora, quien también fue galardonado.<br/><br/>El hecho de premiar a los consagrados, sin embargo, le quitó el lugar a los que, sin un itinerario de glorias, pero con una obra relevante, hubieran podido recibir un estratégico estímulo para seguir produciendo. <br/><br/>Esas dos aguas han puesto en aprietos a más de un miembro de los jurados establecidos desde la creación de la ley, en 1990, modificada luego. En la práctica – salvo alguna que otra excepción, donde coincidieron historia personal y brillantez de publicación– , triunfó el criterio del camino recorrido. Perdió el de la calidad como parámetro.<br/><br/> Esta ambigüedad, que se resuelve a favor de unos y en contra de otros, habla claramente de la necesidad de hacer justicia a las dos partes. Por lo tanto, falta que el Congreso subsane el problema independizando el Premio de Literatura del de Ciencia y concediendo, alternativamente, premios a un libro y a una trayectoria. <br/><br/>Con muy buen criterio, la senadora Iris Rocío González – la única que cree que apoyando a la cultura también va a ganar votos– está embarcada ya en el proyecto de modificación de la ley actual. No cabe la menor duda de que la Sociedad de Escritores del Paraguay, Escritoras Paraguayas Asociadas, la Academia Paraguaya de la Lengua Española y otras instituciones le van a acompañar. <br/><br/>Y ya que estamos en plan de enderezar lo torcido, sería recibido con beneplácito por los escritores que el dinero que premia una vida consagrada a las letras sea suficientemente significativo. Lo que hoy se entrega – 12 mil dólares– se esfuma pagando cuentas y haciendo una farra karape. Con tanta inflación real – que el Banco Central maquilla de irrealidad cada mes– , esa suma es hoy una especie de mitã recreo mbarete nada más. <br/><br/>El premio a la obra, siendo menor en asignación pecuniaria, tendría que ir acompañado por una pensión vitalicia del Congreso, para que el autor siga escribiendo sin que las urgencias de la supervivencia lo acosen con tanto fervor. Ese reconocimiento es común en países que consideran a sus escritores personas valiosas de la cultura, y no como aquí, donde se los tiene como tekoreis que, por no saber qué hacer, “escriben todo debalde lo que le viene en su cabeza” nada más.<br/><br/>