Editorial

No abandonar a localidades que están aisladas por la inundación

Los informes que llegan cotidianamente desde diversas regiones del interior del país que han quedado aisladas por las inundaciones provocadas tras las intensas lluvias y el gran crecimiento del nivel de ríos, arroyos y otros cauces hídricos, describen un panorama desolador, con sistemas de producción que han quedado gravemente perjudicados, escuelas anegadas y sin poder desarrollar normalmente las clases; familias que han perdido sus casas y en muchos casos tienen dificultades para acceder a abrigos y sustento, como a poder conectarse con otros pueblos y ciudades. Además de asegurar mecanismos de asistencia que resulten más funcionales, desde el Gobierno hay que acelerar los proyectos de integración y desarrollo, con una red más amplia de caminos de todo tiempo, que permitan permanecer a salvo ante estos continuos flagelos climáticos.

Lo que hasta hace no mucho tiempo parecía una situación excepcional, que ocurría una vez en cada década, ha pasado a convertirse en una problemática casi permanente: la crecida de los niveles de ríos, arroyos y otros cauces hídricos, o la gran acumulación de agua de lluvia que afecta no solamente a las poblaciones ribereñas de la capital y otras grandes ciudades, sino también a vastas regiones rurales de distintos puntos del interior del país, con comunidades humildes que han quedado totalmente aisladas porque sus precarios caminos de tierra han quedado anegados y permanecen intransitables.

En el Departamento de Ñeembucú, unos 2.080 alumnos de 53 instituciones educativas se encuentran en riesgo de perder sus clases, debido a que los locales escolares se hallan ya bajo agua, o a punto de ser cubiertos por la creciente.

Tampoco hay provisión suficiente de carpas para instalar aulas móviles o la disponibilidad de locales alternativos a donde mudar las escuelas. Un gran número de niños y niñas directamente no pueden llegar hasta sus instituciones educativas, debido a que los caminos se volvieron intransitables. Lo mismo sucede en áreas inundadas de Concepción, San Pedro, Alto Paraguay.

En zonas del Chaco Central y Bajo Chaco, varias aldeas indígenas y campesinas también han quedado prácticamente libradas a su suerte. Como un ejemplo, los pobladores de comunidades de la etnia Ayoreo Totobiegosode, como Chaidi y Aocojnadi, en el distrito de Puerto Casado, deben caminar durante más de cinco kilómetros con el agua hasta la cintura por caminos inundados para buscar víveres en Loma Plata y otras localidades chaqueñas.

Hasta ahora ninguna representación de la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN), ni del Instituto Paraguayo del Indígena (Indi), ni de organismos de gobiernos municipales o departamentales se han interesado en acercarse a ofrecer alguna asistencia, según el reporte del corresponsal de este diario en la región.

Los pobladores de la mayoría de estas localidades están acostumbrados a permanecer en aislamiento desde hace décadas, pero las circunstancias originadas por la inundación los vuelven más necesitados y vulnerables, al punto de que su propia sobrevivencia dependa del auxilio que les pueda llegar en esta situación.

Además de asegurar mecanismos de asistencia que resulten más funcionales, desde el Gobierno hay que acelerar los proyectos de integración y desarrollo, con una red más amplia de caminos de todo tiempo, que permitan permanecer a salvo ante estos continuos flagelos climáticos.

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