Por Blas Brítez
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Era mujer. Era poeta. Era comunista. Tres atributos que hacían un peligroso cóctel de subversión para la dictadura de Alfredo Stroessner. Su género la signaba en un país dominado por el machismo; su condición de creadora le confería cierta irrespetabilidad para afines a un régimen mediocre; su militancia política la convertía en enemiga declarada de un Paraguay “campeón del anticomunismo”. Tenía todas las de perder. Pero a su favor estaban la palabra y la verdad.
Se llamaba Carmen Soler. Como muchos, no alcanzó a ver al Paraguay libre del tirano que lo sojuzgó por casi 35 años y en el que había nacido el 4 agosto de 1924, año de la muerte de Lenin y Franz Kafka, dos nombres asociados a la revolución y la literatura, posibilidades que Soler persiguió con denuedo. Además, esta mujer era maestra de escuela rural. Apenas acabados sus estudios secundarios, se dirigió al Chaco, donde enseñó y tuvo contacto con la realidad dura y difícil de los paraguayos más olvidados: los campesinos e indígenas, eternamente postergados, víctimas de la explotación y el desprecio social. No es complicado imaginar que allí, en medio de las soledades chaqueñas, empezó a bullir su vocación de poetisa y de luchadora. No tardaría en dejar correr ese torrente de imaginación, tanto literaria como social.
Siendo aún muy joven, participó desde el Partido Febrerista en los hechos que marcaron, literalmente a sangre y fuego el año 1947 para el Paraguay: la guerra civil y el consecuente primer exilio. Tras la derrota revolucionaria, se refugió en la Argentina como otros miles de compatriotas. Fue en ese país, en la Patagonia, en donde comenzó a escribir versos.
LA POESÍA. Revistas españolas y alemanas imprimieron sus poemas en 1953. De ese año es el poema “La alondra herida”, que da nombre a la recopilación de sus versos hecha en 1995. En dicho poema se excusa con la alondra, porque otras urgencias (patrias) requieren su pluma: "... hoy no puedo cantarte, te cantaré mañana/ cuando pueda tu voz cantar conmigo/ ¡la dicha de la patria liberada”.
A poco de su regreso al Paraguay, cae por primera vez presa. Corría el año 1955 y la dictadura de Stroessner empezaba a mostrar sus garras y que había venido para quedarse.
PRISIÓN Y EXILIO. Fue en esa época en que se afilió al Partido Comunista, organización en la que militó activamente, desafiando la posibilidad de la muerte. Sufrió los estragos de la cárcel y la tortura. (Su hermano, también comunista, Miguel Ángel Soler, fue detenido-desaparecido en 1975.) Se vio obligada a vivir en la clandestinidad. Sin embargo, siguió luchando y forjando versos, como si tratara de una sola cosa.
En prisión escribió el poema “Yvága purahéi”, que años después fuera musicalizado por Ñamandú. En él hace un emotivo y decidido llamado, cuando no un desafío: “Ouva toú/ ohova toho. ¡Opytava toñorâirô!” (El que viene que venga; el que se va que se vaya. ¡El que se queda, luche!)
En el año 1968 marchó al exilio, que ella no quería fuera definitivo pero que lo fue. Vivió en Uruguay -donde en 1970 publicó su único libro en vida, Poemas-, Argentina, Chile y Suecia.
El 19 de noviembre de 1985, Carmen Soler murió en Buenos Aires. Proyectaba publicar En la tempestad, que salió póstumamente. Hoy, diccionarios y libros sobre literatura paraguaya la omiten sugestiva e irresponsablemente. De todos modos, su nombre es más que una calle que corta la avenida Choferes del Chaco de Asunción: es un vivo ejemplo de dignidad para tiempos oscuros e indignos como los que sufrió el Paraguay y espera nunca más sufrir.