Por Mario Rubén Álvarez | alva@uhora.com.py<br/><br/>El cuartel fue, durante muchos años, el espacio en el que crecían los sueños de ir a Buenos Aires a trabajar, ganar dinero y regresar de vez en cuando al valle de la madre, los hermanos, los amigos y acaso una amada cuyo nombre solo conocía el corazón. <br/><br/>La mayoría de los conscriptos no pensaba ya volver a la dura jornada de sol, machete, azada. Los que tenían parientes en Argentina hablaban de un modo de vivir sacrificado, con casas precarias y grandes distancias a recorrer. Aun así, entusiasmaban a los demás. “Ijetu′u, pero ñagana la plata”, concluían. <br/><br/> Apenas se hizo reservista, con su birrete primorosamente bordado, Pedro retornó a su casa para pasar las fiestas de fin de año con su madre, juntar algún dinero changando por día y emprender el camino aún no recorrido pero que le resultaba atrayente. Extrañamente, no contaba con familiares en la gran urbe, pero sí con conocidos que – estaba seguro– le darían la mano.<br/><br/> Como nada une tanto como el salir de la patria detrás de un sueño difuso que se va aclarando a medida que avanza el tiempo, por el camino fue cosechando amistades que le permitieron encontrar techo, comida y algo que hacer para comenzar. <br/><br/>No eran aún los tiempos del teléfono digital, el celular e internet. En la remota compañía en que vivían los suyos solo había un teléfono a magneto al que pocos tenían acceso. El único medio de comunicación personal eran las cartas. Llegaban – si llegaban– en uno o dos meses.<br/><br/>Pedro, al principio, escribía. Contaba que consiguió trabajo en la construcción y que, de manera acelerada, estaba aprendiendo ese oficio que parece fácil, pero tiene sus secretos y complicaciones. <br/><br/>De a poco, sin embargo, sus misivas se fueron espaciando más. Lo que era cada tres meses pasó a seis y luego a esporádicas y breves líneas por año. Era como si el cordón umbilical que lo unía a su familia se hubiese soltado para siempre. <br/><br/> Como el amor de una madre halla explicación hasta a los desdenes más inconcebibles de los hijos, ella encontró una razón a la mudez de Pedro. Como en las últimas cartas le había dicho que estaba a punto de casarse con una salteña, pensó que estaba muy ocupado en las delicias de su amor. <br/><br/> Siete años después de la partida de Pedro, ña Leú recibió una noticia que le destrozó su mirada serena y apacible. “La Perú niko ho′ava′ekue andamio yvatégui ha omano. Quintín Agüero, peteî che amigo Sapucaigua, omombe′u chéve”, le contó su sobrino Alberto que regresaba de la Argentina para quedarse.<br/><br/> No podía dudar de lo escuchado. Luego de unas horas de desasosiego y de incertidumbre, reunió a sus hijos y les dijo: “Omano penermáno ha ñañembo′éta hese”. Entre sus palabras y la búsqueda de la ñembo′e ýva para que esa misma tarde comenzara la “enovena” no medió más de dos horas.<br/><br/> Todo se hizo conforme a los cánones de la cultura popular. Si el alma de Pedro debía descansar en paz como producto de las oraciones y las ofrendas, tendría que haber estado ya en el Paraíso.<br/><br/>Pasaron once años de la muerte de Pedro. A unas horas de la Nochebuena, en una calurosa siesta, le daba los últimos retoques a su pesebre. De pronto, a lo lejos, más allá de su tranquera, vio que un hombre con una valija en la mano se dirigía a su casa. Miró atentamente, pero no pudo distinguir de quién se trataba. La figura martillada por el sol seguía avanzando hacia ella...Su corazón le latía de manera inusual...Cuando estuvo como a 70 metros lo identificó sin lugar a dudas: ¡Era Pedro que regresaba!<br/><br/>