Correo Semanal

Mi azucena

 

Mario Rubén Álvarez

Del contenido de la poesía de Emiliano R. Fernández es posible deducir su gran conocimiento de la cultura popular en sus diversas facetas. Es que él había absorbido con provecho desde su más tierna infancia, en su entorno familiar y comunitario, la sabiduría sencilla pero eficaz de su pueblo.

A lo que ya traía desde sus primeros años, con el tiempo, le fue agregando lo recogido al andar. Perceptivo y sensible, su memoria había ido acopiando tesoros de la oralidad que luego, en sus obras, iba a encontrar su espacio ya en forma de escritura.

Emiliano no solo era un gran conocedor de la naturaleza, sino también de la religiosidad popular. En teoría y práctica. Lo evidencia, entre otras pistas en el mismo sentido, el hecho de que fuera ñembo’e ýva –el que dirige las oraciones, en particular el rezo del rosario– de los novenarios por algunos difuntos.

María Belén Lugo, la que fuera el gran amor de su vida y con quien contrajo matrimonio civil y religioso durante la Guerra del Chaco –en los breves permisos que obtenía para ausentarse del escenario bélico–, lo vio y escuchó por primera vez en el barrio Ysaty –no lejos de Asunción– cuando el poeta era el que encabezaba un novenario.

Apenas la tuvo delante de sus ojos, Emiliano quedó cautivado por la preciosa morena de largas trenzas a la que el azar había puesto en su camino. Ella no se conectó tan rápido con él, pero también terminó enredada entre los misteriosos hilos del amor. Al principio, pensó que ya era muy mayor para ella que rondaría los 20 años y él ya estaba por encima de los 30, ya que había nacido en 1894.

Aquel encuentro clave ocurrió en 1929. Su hermana Brígida le acompañaba a la que a partir de ahí sería su musa en buena parte de su producción literaria hasta 1940.

Mi azucena es una polca –con música de Emilio Bobadilla Cáceres, según el libro Biografía y obras completas de Emiliano R. Fernández, tomo III, sin autor consignado, pág. 227, publicado por Servilibro en el 2012– que refleja el inicio del romance entre el poeta de Yvy Sunu, Guarambaré, y la ysateña.

Es evidente que comenzaba la historia, pues en el último verso de la quinta estrofa le dice: Jaikuaa haguã ojopýri ku ipotîva mborayhu (Para que juntos conozcamos un limpio amor). Se refiere a un futuro aún no alcanzado por entonces. La estrofa siguiente vuelve más nítida esa situación.

Mi azucena, donde Emiliano alterna versos en español con los de guaraní, tuvo que haber sido escrito entre 1929 y, a lo sumo, comienzos de 1930. De este año, según el mismo texto ya citado, fue Mi novia ausente. Aquí ya se percibe un compromiso formal. Es evidente que el amor ya se había consolidado.

Dejá tu comentario