Junto a la mujer amada, la patria y el terruño, la madre es uno de los temas recurrentes de la poesía y la música de nuestro país. Sería muy extraño encontrar poetas populares o compositores que no cantaran a quienes les trajeron al mundo para ser cultores de la belleza.
Curiosamente - y dicho sea de paso- , a los padres casi no se les canta, salvo obras excepcionales, y en algunos casos atendiendo más a razones comerciales - “porque no hay temas para los papás"- que a sentimientos nacidos con espontaneidad de lo más hondo del corazón. La causa de este fenómeno tiene que ser rastreada a partir del papel histórico del hombre en nuestra cultura mestiza y, en particular, dentro de la familia.
Las canciones a las mamás, en cambio, están llenas de sentimiento. Nacieron del más puro amor de verlas en el camino de la vida enfrentando con coraje las batallas de la vida, la ausencia dolorosa y la nostalgia también terrible. Quizás la canción más emblemática - solo por citar una- sea Che symi porâ, que Mauricio Cardozo Ocampo escribiera en Buenos Aires a su madre, doña Crescencia Cardozo.
La cantante, compositora y docente América Ferreira - nacida en Asunción el 14 de abril de 1954- , con una creación suya en letra y música, también sumó su arte al largo listado del cancionero de homenaje a las progenitoras.
“Mi tío Marcos Brizuela es el músico de mi familia. Pero mi mamá y mis tías siempre cantaron. De esas raíces traigo mi amor al canto y a la música, a los que me dedico profesionalmente”, explica América.
Con una trayectoria que pronto adquirió altura, su voz se convirtió en una de las más calificadas del país. En un momento dado de su carrera sintió que le había llegado el tiempo de componer un vals para celebrar a su madre, doña Margarita Ferreira Brizuela, oriunda de Caazapá.
“Ella era muy activa, muy jovial, querida por todos. Fue el alma máter de mi familia. Trabajaba como transfusionista de sangre en el Policlínico Policial. Una vez salió a la calle y encontró a una viejita acurrucada en la vereda que le contó que no veía bien. Le metió en el hospital, le atendió un oftalmólogo... y salió de allí feliz, con unos anteojos... Fue madre muy joven: a mí me tuvo a los 17 años”, cuenta la artista.
“Lo que compuse para ella, inicialmente fue un vals titulado Margarita. Escribí dos estrofas. Estaba por grabar un disco e iba a incluirla en el mismo. Esto fue en 1981. Le hice escuchar, se emocionó mucho. Un tiempo después, por un problema cardiaco congénito, viajó a San Pablo para ser operada. Diez años atrás ya había tenido una intervención quirúrgica con el profesor Jacques Balansa”, cuenta la autora.
“Cuando iba a entrar al quirófano, estuve con ella. Sobrevivió un mes después de la operación, pero a los 15 días tuvo una embolia cerebral. Su médico venía, le probaba la sensibilidad de los pies y le decía: «Margarita de Deus, Margarita de Deus». Tenía apenas 44 años. Volvimos con sus restos mortales. Después de algún tiempo, retorné a la grabación. Ya no quise repetir lo que había compuesto. Lo cambié a un ritmo de guarania y le agregué dos estrofas más. Recordando lo que le decía el doctor, elegí el título Margarita de Dios.”
“Habla de dos capullos de amor dados a la vida por ella. Somos dos: mi hermana Stella Maris y yo. Su pelo blanco, en realidad, eran apenas unos hilos plateados en su cabeza. En las dos primeras estrofas me refiero a ella con vida; luego, ya es ausencia”, concluye América Ferreira.
En su primer disco, la intérprete incluye otras canciones dedicadas a las madres: Corazón de madre, de Augusto Barreto; Madrecita buena, de Saidi y Quemil Yambay; Madrecita ausente, de Enriqueta Mazacote y la misma América; y la clásica Che symi porâ, de don Mauricio.
América Ferreira compuso en dos tiempos - presencia y ausencia- una canción para su madre.
Memoria viva
Mario RubénÁlvarez
Poeta y periodista
alva@uhora.com.py
Margarita de Dios
Margarita se llama la flor que orgullosa me viera nacer,
en su anhelo yo pongo la fe del jardín que acaricia su amor;
Margarita te llamas, mamá; eres diosa de paz en tu hogar
y le has dado al Divino Hacedor dos capullos frutos de amor.
Mi sueño era darte un día la paz de las colinas
y hacerte muy dichosa como mereces tú;
y con tu pelo blanco, que fulge con la luna,
quisiera, madrecita, ponerte en un altar.
Madrecita, tú eres la flor
que el Supremo Creador eligió
para hacer su gran ramo de amor,
y eres hoy Margarita de Dios.
Tu ejemplo, madre buena, mi vida hoy consuela;
tus pétalos muy blancos salpican bendición;
oh, flor, no estás marchita ni en mi alma nunca ausente,
solo que, Margarita, tú eres ya de Dios.
Letra y música: América Ferreira