Economía

¿Luz al final del túnel?

 

Con esta pregunta iniciábamos la última edición de Basanomics, a fin de motivar el análisis que sería presentado sobre la coyuntura económica. Datos oficiales recientes indican consistentemente que lo peor ha pasado y que los efectos recesivos de la pandemia sobre la economía van perdiendo fuerza aceleradamente, al menos a nivel macro. Pero, cuidado, nos pareció ver esa misma luz de esperanza muy recientemente, a comienzos del 2020.

Luego de un 2019 para el olvido, cuando la economía se contrajo por una conjunción de factores (sequía, inundaciones, problemas económicos de principales socios comerciales), el nuevo año comenzaba con cifras alentadoras y con la confianza en franca recuperación. Hasta que nos dimos cuenta de que esa luz que veíamos era del tren de la pandemia viniendo de frente y que finalmente nos atropelló con extrema violencia.

VIENTOS DE COLA FAVORABLES. Desde que el “boom” de las materias primas terminó en 2015, Paraguay no ha experimentado un contexto externo tan favorable como ahora. Estimaciones de organismos multilaterales ratifican que el 2021 será el año del “rebote”, resultado no sorpresivo luego de la fuerte retracción producida por la pandemia y las medidas aplicadas para combatirla. Lo interesante es que las expectativas para este año han mejorado significativamente. Así, el Banco Mundial (BM) publicó una actualización de sus proyecciones económicas a inicios de junio que, para este año, prevén un crecimiento de 5,6% del PIB global. Esto representa una mejora de 1,5% respecto a lo pronosticado en enero de este año, cuando la previsión era de 4,1%.

A nivel regional, Argentina sigue y seguirá siendo… Argentina. Las autoridades permanecen enfrascadas en la renegociación con el FMI, más preocupadas con la próxima elección de octubre que en corregir los enormes desequilibrios fiscales. Estos son financiados con emisión inorgánica del banco central y se traducen en una inflación por encima del 50%.

Por el lado de Brasil las cosas están mejor. La economía se va recuperando y las expectativas del mercado sobre el crecimiento del PIB este año pasaron de un mediocre 3,1% en abril a un respetable 5,2% en junio. La dinámica económica ha mejorado tanto que la inflación vuelve a ser un dolor de cabeza y el banco central ha empezado a ajustar su política monetaria.

Por otra parte, las condiciones financieras globales permanecen muy favorables para nuestro país. Se estima que la “locomotora del mundo”, Estados Unidos, crezca un 7% en 2021, el mejor resultado desde 1984. Y si bien la inflación también se aceleró (5,4% a fines de junio), la FED considera dicho aumento como temporal y solo proyecta un ajuste de tasas de interés para fines de 2022 o inicios de 2023.

Como resultado la liquidez de los mercados mundiales y el apetito de riesgo de los inversionistas seguirán elevados, mientras que las tasas de interés para la emisión de deuda soberana se mantendrán en niveles históricamente bajos.

Finalmente, el significativo aumento de los precios de las materias primas ha permitido a nuestra región revivir los recientes “años dorados”, un balón de oxígeno para unas economías golpeadas por la pandemia y asfixiadas por deterioradas cuentas públicas. La mitigación de la pandemia ha impulsado la demanda mundial por estos productos, principalmente de China, que aumentó sus importaciones de granos y metales para la construcción. En resumen, el contexto externo se presenta altamente favorable para Paraguay.

Entonces, ¿qué debería preocuparnos? Existen dos elementos. La primera se refiere al mercado de trabajo, en cuanto que la segunda apunta a la dinámica de las políticas macroeconómicas.

Hora de llevar la ponchera. Un estudio reciente del Banco Mundial señala que las recientes crisis que sacudieron nuestra región tuvieron efectos de largo plazo y dejaron profundas cicatrices en el mercado de trabajo. El análisis concluye que “luego de tres años, las grandes crisis regionales pueden provocar una pérdida neta de 1,5 millones de empleos en promedio, con una contracción del trabajo formal del 3% y una expansión del sector informal del 2%, que solo logra amortiguar el impacto parcialmente”.

Desafortunadamente, se teme que la crisis actual provoque una contracción duradera del empleo (total y formal) mayor a la observada previamente. Los últimos datos disponibles del INE, del primer trimestre, sugieren eso: Hay una destrucción permanente (i.e. el número de puestos de trabajo se ubica muy por debajo de la tendencia precrisis) y una mayor precarización del empleo en Paraguay (del total de nuevos puestos de trabajo creados en un año, el 87% corresponde a empleos en el sector informal).

Por el lado de las políticas macroeconómicas, los datos mensuales de actividad económica indican una recuperación robusta e implican un claro sesgo al alza para las actuales proyecciones de crecimiento económico del mercado. Esto llama a una recalibración de las políticas fiscales y monetarias. William McChesney Martin, presidente de la FED durante casi dos décadas (1951-1970), describía la función de los banqueros centrales como “la de los tipos encargados de llevarse el ponche justo cuando la fiesta empezaba a animarse”.

En las actuales circunstancias dicha reflexión vuelve a tener sentido, aunque para el caso de Paraguay el BCP debería llevarse la ponchera mientras que el Ministerio de Hacienda tendría que empezar a bajar el volumen de la música.

Las señales lanzadas por la autoridad monetaria van en esta dirección. La inflación mensual promedio se ubica en 0,5% desde julio del 2020, excepto por un breve periodo de 3 meses (entre febrero y abril) cuando el incremento de precios fue inusualmente bajo por la apreciación del guaraní. En la medida en que la economía se siga recuperando, la inflación podría incluso acelerarse más.

El BCP ya ha cambiado el tono de su comunicado y ahora se encuentra monitoreando la evolución de precios y expectativas “a fin de iniciar un proceso gradual de normalización de la política monetaria en un futuro inmediato”. Bancos centrales de Brasil, México y Chile han comenzado recientemente este proceso de ajuste de las condiciones monetarias.

Pero preocupa la insistencia del gobierno en mantener un objetivo de déficit del 4% del PIB este año. El resultado deficitario al cierre del primer semestre fue muy bueno, equivalente a solo 0,7% del PIB. En años “normales” (2015-18) el déficit durante la segunda mitad del año promedia 0,9% del PIB, en el 2019 (año recesivo) fue 2,2% del PIB y en el 2020 (año de pandemia) alcanzó 3,5% del PIB.

Entonces, ¿cuál es el argumento económico para un déficit en el segundo semestre (3,3% del PIB) casi idéntico al del 2020? Eso implicaría mantener niveles similares de ingresos (que deberían ser mayores) y de gastos (que deberían ser mucho menores). Las circunstancias son radicalmente diferentes. Llevar el déficit fiscal por encima del 3% del PIB en 2020 se muestra poco razonable e imprudente.

Si no se aplican medidas apropiadas para recuperar los empleos destruidos y generar nuevas oportunidades, las pérdidas en el mercado laboral luego de la pandemia pueden ser de muy largo plazo. Al mismo tiempo, desdeñar los últimos datos sobre la actividad económica y preferir la comodidad política evitando necesarios ajustes fiscales puede resultar excesivamente costoso.

Que esa luz de esperanza que se ve al final del túnel no se convierta en una nueva locomotora. Esta vez de las calificadoras de riesgo soberano que nos atropellen con una reducción de nuestra nota crediticia.


Las condiciones financieras globales permanecen muy favorables para nuestro país. Se estima que Estados Unidos crezca un 7% en 2021.

Los datos mensuales de actividad económica indican una recuperación robusta e implican un claro sesgo al alza para las actuales proyecciones.

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