16 jul 2026

Lugo y los Guaraní

Akâpete

La pasada semana se produjo en Paraguay quizás uno de los acontecimientos más importantes en el mundo indígena desde la conquista, pero en sentido inverso: el II Encuentro de la Nación Guaraní en el Amambay. El aty guasu demostró que ese sector de la población que habita gran parte de América del Sur está retomando la dignidad y su fuerza para levantar la frente y plantarse, con su voz, sus ideas y sus proyectos, y buscar recuperar parte de lo que le fue sustraído, saqueado, violado o destruido.

Más de 1.300 nativos guaraníes, con las más variadas tonalidades de una lengua con raíz única, asistieron a un encuentro que tenía condimentos y actitudes fundacionales. Todos pusieron el esfuerzo y el alma para alcanzar la síntesis: una portentosa declaración que denuncia siglos de agravio y desprecio; décadas de mentiras y cotidiano marginamiento; reclamos vehementes de un pueblo que exige a gritos el reconocimiento de su estatus político de Nación Guaraní; reivindicación de principios, ética ancestral, derechos consuetudinarios; vigencia de un pueblo que no se resigna a las periferias de la sociedad; y una reivindicación de territorialidad que atrajo la atención hasta de los medios rusos: América como espacio eterno de su tekoha, el lugar por donde habitaron y habitan.

El encuentro fue convocado y financiado por el Estado a través de la Secretaría Nacional de Cultura; y organizado por el Consejo Guaraní Paraguay. Toda la infraestructura montada (8 óga jekutu, electrificación de la comunidad de Jaguatí, la bomba de agua y todo su sistema de conexión, otras construcciones, y demás inversiones quedaron para los nativos locales)

El día de la clausura, la autoridad estatal asistió con su séquito de ministros y secretarios. Aunque era un detalle destacable y valorable la presencia presidencial, porque no es un hecho frecuente en los contactos con nativos, eran bien marcadas las líneas -en actitudes, comportamiento y lenguaje-: ustedes allí y nosotros acá.

A pesar del lamentable guaraní leído por el ministro de cultura Ticio Escobar; y la mirada con distancia de la presidenta del Indi -Lida Acuña- y del ministro del Ambiente -Óscar Rivas-, todo estaba dentro de lo admisible, pero no consentible.

Después del recibimiento de los líderes espirituales al presidente Fernando Lugo, las cosas discurrieron dentro de los aciertos y errores entendibles de una torpe relación intercultural. Los líderes guaraníes leyeron ante el mandatario, con voz vibrante y sentida, el documento final de cinco hojas. Habló además el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, recordando la biografía de Evo Morales, un indígena que llega a la presidencia de su país, en medio del aplauso de los guaraníes allí reunidos. Después, sobrevino el bochorno, que valió incluso cierta burla de parte de los indígenas en la trastienda de las chozas y óga jekutu.

Empezó a hablar Lugo.

Desplegó una falta de tacto y conocimiento notorios en el trato con pueblos indígenas, fuera de la actitud paternalista y el manejo de “niños” que empezó a darles. Llamó al escenario a representantes de los otros países. Entre ellos subió el emblemático líder espiritual kaiowa, Getulio. Hizo todo tipo de chistes posibles tentando empatía canchera con el auditorio. Y cometió uno de los primeros exabruptos ofensivos: preguntó qué significaba el nombre de aquella comunidad, Jaguatí; y sin dar lugar respuestas expuso: ¿Perro blanco?... ¿o es tu nariz? tocándole el rostro a Getulio, pegando una risa. Todos respondieron, jaguarete morotî (jaguar blanco). Es una de la figuras sagradas del universo Paî Tavyterâ.

En un momento previo reclamó la presencia de una muchacha en medio de aquellos representantes nativos a su lado, y al aparecer una joven sonrió y dijo ahora está mucho mejor, verdad, dando un sentido de picardía a la situación.

Finalmente hizo chistes, se mofó y terminó haciendo pasar ridículo al presidente de la Corte al pedirle celeridad en los casos judiciales que afectan a indígenas, situando el hecho hasta en una posible injerencia en otro poder del Estado.

Para rematar, expresó que reconocía los sufrimientos de los nativos, pero que si pasaran otros quinientos años, ellos seguirán resistiendo.

Al final, los cerca del millar y medio de guaraníes se quedaron sin una sola respuesta; y el presidente pro témpore del Mercosur se fue como vino: sin atender ni escuchar sus más sentidos reclamos.