Política

Lugo creía que la matanza de Curuguaty era una tormenta más

Miembros del entorno del expresidente relataron a ÚH entretelones de la caída de su Gobierno; es casi unánime que el exobispo quedó inmovilizado, sin reaccionar, ante una crisis que terminó por tumbarlo.

Por Rino Giret

rgiret@uhora.com.py

"Es una tormenta que va a pasar, tranquilo", le dijo Fernando Lugo, el domingo 17 de junio, a uno de sus allegados, refiriéndose a la matanza de Curuguaty del viernes 15, que dejó el trágico saldo de 6 policías y 11 carperos muertos a balazos... y un presidente destituido.

Para comprender de alguna manera la caída del Gobierno Lugo, necesariamente se debe retrotraer la historia a Curuguaty, no para buscar allí las causas, sino para entender la relación de hechos que se dieron en los días sucesivos y que desembocaron, ocho días después, el viernes 22, en la destitución del exobispo de San Pedro.

Lo de Curuguaty fue un golpe demoledor del que el hoy expresidente no se recuperó en los días siguientes. Buena parte del entorno que acompañó a Lugo en esos días, a la que ÚH entrevistó, coincide con esa apreciación, revelando que el exmandatario quedó como en estado de shock, sin saber qué hacer y muy afectado sicológicamente. La muerte golpeó en su propio entorno de seguridad, ya que uno de los asesinados, el subcomisario Erven Lovera, jefe del Grupo Especial de Operaciones de Ciudad del Este, era hermano del teniente coronel Alcides Lovera, jefe de Seguridad de Lugo en el Palacio de López.

La tragedia sumió al Fernando Lugo en una suerte de inmovilismo que, en cierta manera, lo tuvo prisionero hasta el día final.

Ocurrida la matanza, Lugo fue advertido, ese mismo día, por algunos miembros de su entorno, de que el juicio político se venía y de que había que hacer algo para contrarrestar. Le aconsejaron que cambie a Carlos Filizzola del Ministerio del Interior y al comandante de la Policía, por entonces Paulino Rojas. Nadie en su entorno se explica hoy por qué se demoró tanto el día de la matanza en relevarlo a Filizzola, cuando que este mismo habría ofrecido desde un principio presentar renuncia. Pero Lugo frenó el cambio, hasta la pretensión del PLRA de poner a un liberal en su reemplazo. Hasta que, embretado por un ultimátum de la Cámara de Diputados, al anochecer del viernes 15, hizo anunciar a Filizzola que había puesto su cargo a disposición y que se había aceptado.

Fuera de eso, la única reacción que Lugo había demostrado ese día fue un tibio comunicado en el que anunció el envío de tropas militares a Curuguaty, una medida que con los días se demostró que fue inútil.

Era tal la inacción de Lugo ante la crisis de Curuguaty, que el domingo 17 el entonces secretario general de la Presidencia, Miguel López Perito, y la entonces ministra de Salud, Esperanza Martínez, fueron por iniciativa propia a la zona de conflicto, donde trataron de llevar asistencia a los familiares de los asesinados y de los heridos.

Un hecho cierto que comentan algunos allegados del expresidente es que este dejó que la tormenta, que se había desatado tras la matanza de Curuguaty, cayera sobre el Gobierno sin contar con un gabinete de crisis que intentara controlar la situación.

En la noche del viernes 15, tanto en el PLRA como en el Frente Guasu hubo desconcierto cuando se enteraron de que al día siguiente juraría como nuevo ministro del Interior Rubén Candia Amarilla, ex fiscal general del Estado y conocido por su extracción colorada. Y así fue. A las 8.00 del sábado 16 Candia Amarilla juró como ministro, en presencia de un gabinete de ministros sorprendido. Lugo había tomado una decisión que en los siguientes días le generaría efectos letales.

TELÉFONO CORTADO EL CONTEXTO POLÍTICO EN EL QUE LUGO RECIBIÓ EL GOLPE DE CURUGUATY NO ERA EL MÁS PROPICIO, SINO TODO LO CONTRARIO. El exobispo estaba aislado de Blas Llano, presidente del PLRA y su principal aliado político en la alianza que le llevó al Palacio de López. Según algunos de sus allegados, la última vez que el expresidente y el político liberal hablaron fue en abril, durante la primera quincena, pero que posteriormente hubo "teléfono cortado" entre ambos.

Antes de la matanza, le aconsejaron a Lugo que retome el contacto con Llano, pero el exmandatario se cerraba a esa posibilidad. La relación con Llano pasaba por un momento de tirantez por, entre otras cosas, la indefinición que existía respecto a cómo se integraría la chapa presidencial para el 2013. Llano reclamaba que Fernando Lugo cierre un acuerdo en el que la candidatura presidencial quede en manos del PLRA y la candidatura a la vicepresidencia para el Frente Guasu.

Enfrentado con su entonces vicepresidente, Federico Franco, y con Efraín Alegre, su exministro de Obras Públicas, Lugo estaba distanciado de la dirigencia liberal. Quizás porque confiaba mucho en el apoyo que le brindaban sus tres ministros liberales, Víctor Ríos (MEC), Enzo Cardozo (MAG) y Francisco Rivas (Industria y Comercio).

REVUELTOS, PERO NO JUNTOS LUGO HABÍA QUEDADO AIS- LADO DEL PLRA CON EL SOLO RESPALDO DEL FRENTE GUASU, LA COALICIÓN DE IZQUIERDA QUE REÚNE A UNA VEINTENA DE PARTIDOS MENORES QUE APOYAN AL EXOBISPO.

Pero la izquierda también se encontraba por esos días muy fragmentada, a raíz de las disputas que existían en torno a qué candidato finalmente se quedaba con la "bendición" presidencial.

Esta profunda división entre los sectores de izquierda impidió que el exobispo contara con un equipo eficiente que planificara y ejecutara una reacción acorde a la crisis que había estallado con la matanza. Los esfuerzos que se hicieron fueron descoordinados, inútiles y hasta desesperados.

El juicio político a Lugo tomó cuerpo con los días, en medio de este panorama. Por ello, no es desatinado decir que una de las balas de Curuguaty hirió de muerte a su Gobierno.

cronología de la destitución (I)

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