Opinión

Los rostros jóvenes que nos devuelve el coronavirus

Susana Oviedo - soviedo@uhora.com.py

Al principio eran los que quedaron varados estando casual o temporalmente en el exterior. Hablamos de gente haciendo turismo, participando en un curso o seminario, de visita a familiares, en tratamiento en algún hospital o que estaban regresando, pero los vuelos cancelados y cierre de fronteras les impidió llegar al país antes de declararse la pandemia y paralizarse todo. Muchos de estos, ya volvieron.

Después, cuando todo se detuvo en el mundo y se decretó quedarse en casa y comenzó a darse el efecto dominó en la economía, surgieron otros tipos de varados: Los que quedaron sin trabajo. Cesados y despedidos, que abruptamente quedaron sin ingreso y, en consecuencia, sin posibilidad de pagar renta, cubrirse las necesidades básicas sin nada de qué asirse y seguir aguantando lejos de la tierra. Son los que abrumados por la falta de oportunidades para plantearse un futuro, dejaron el país y se lanzaron a buscar alguna chance en la Argentina o en el Brasil. En este último país, particularmente a San Pablo para trabajar, la mayoría, en la industria de confección, bajo el modelo de las maquilas.

Son campesinos que forman parte de esa larga fila de paraguayos y paraguayas que no se resignan a renunciar a las aspiraciones que cualquier joven tiene o a plantearse salir de la espiral de pobreza.

Desde Argentina o Brasil remesan a sus familias parte de lo que ganan y reúnen cada mes llevando una vida ajustada y en condiciones muy difíciles en urbes como Buenos Aires o San Pablo. Algunos viven en condiciones de semiesclavitud, según denunciaron alguna vez una que otra central sindical de nuestro país. Oficialmente, no están registrados en los consulados. Se mueve en la clandestinidad, en el vaivén de las manos de obras temporales que no están cubiertas por ningún sistema de protección social. Los datos demuestran que gran parte son de distritos empobrecidos de los departamentos de Caaguazú y Caazapá. Para sus familias eran la esperanza.

Ahora son una preocupación porque los propios compatriotas destilan desprecio hacia ellos, “por qué se los deja entrar, por qué no se quedaron donde estaban, ellos quisieron irse del país. Son unos malagradecidos y desubicados, ¿acaso pretenden que se los reciba en un hotel 5 estrellas?”.

La condena social hacia estos compatriotas, víctimas de la situación de pobreza que los obligó a marcharse, aumenta en la medida que crece el número de casos positivos de Covid-19 en los centros de aislamiento creados para que cumplan la cuarentena obligatoria. Y más aún, con casos como el del joven que se fugó de uno de esos albergues en Ciudad del Este, donde fue conducido tras permitírsele ingresar al país por el Puente de la Amistad.

Por la irresponsabilidad de uno, se generaliza el discurso discriminativo hacia todos los que están siendo repatriados o piden ser repatriados al convertirse en doblemente víctimas de la pobreza.

En las redes se los califica hasta de “pseudos humanos” y ninguna localidad los quiere albergar ante el temor al contagio del coronavirus.

Excepcionalmente se los ve como seres humanos que también tienen miedo al Covid-19, están vulnerables preocupados por el mañana y seguramente agobiados por no poder seguir ayudando a sus familias.

La mayoría tuvo que pasar una odisea para llegar a Foz de Yguazú y permanecer largas horas y hasta días en el Puente de la Amistad.

Ahora además de potenciales infectados por Covid-19 o ya contagiados por este patógeno, sufren el rechazo dentro de su propio país, como si fueran parias y carecieran de derechos. ¿No conmueve saber que no tuvieron oportunidad en su propio país?

A pocos produce asombro descubrir en ellos esa extensión de la larga desidia del Estado, de las numerosas deudas sociales y extendida pobreza rural que arroja ciudadanos y ciudadanas fuera de su tierra. No llama la atención estos jóvenes rostros que hoy nos devuelve una crisis planetaria que también les tiene entre sus víctimas.

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