Correo Semanal

Los otros caminos de Roma

 

TicioEscobar

Si la hubiera visto por azar, sin las pretensiones de “obra de arte” ni sus etiquetas de película excepcional y triunfante, me hubiera gustado Roma, posiblemente en clave de entretenimiento de alto nivel. Pero, con tanto ditirambo precedente, me pareció una obra obediente a los estándares de eficacia exigidos por el mainstream, sin sobresaltos ni desvaríos. Se trata de una película que rebosa virtuosismo técnico: consumada en lo estético-formal, exacta en su banda sonora, buena administradora de un relato exento de riesgos y eficaz en los efectos de una imagen sin errores (el blanco y negro: un golpe intachable). Demasiado correcto todo como para constituir una obra de arte, que requiere el momento de la negatividad (de la mancha y la duda, el silencio y la sombra); que supone un movimiento autocrítico promotor de la sospecha de sí misma y que demanda el asomo de la diferencia, aquella que cuestiona todo principio de unidad, plenitud y conciliación.

Roma está hecha, pues, con todos los recursos del high tech y la buena factura de la industria cinematográfica: apunta certeramente a un público exigente del buen entretenimiento. La ambientación de los años 70 es impecable; la actuación, correctísima; la trama, previsible y coherente. Los ingredientes del pintoresquismo mexicano están en orden: un toque de idioma mixteco, la fiesta de los muertos; la miseria de los suburbios, bien administrada visualmente; la inviolable permanencia de las castas virreinales, humanizadas por el afecto familiar que termina completando el cuadro con lo correcto político. Pero los buenos modales técnicos y estético-formales devienen a menudo una trampa para el buen cine, que requiere ciertos ingredientes fundamentales, escasos en Roma, por ejemplo: el erotismo (como juego de los sentidos), el humor (como distancia irónica), la poesía (como acción de una ausencia irreparable), la incertidumbre (como consecuencia de puntos oscuros, infranqueables) y la puesta en abismo (como perturbación ante un sentido esquivo y necesario).

Acontecimiento

Por eso, a Roma le falta dimensión de acontecimiento: de aquello que, súbito, emerge e interrumpe la narración impidiendo que ella devenga anécdota transparente o relato entero. Por cierto, hay momentos inquietantes (como el incendio), personajes cabales (como el de Cleo) y, aun, perturbadores (como el de Teresa, la abuela). Pero estos momentos y personajes actúan de manera casi autónoma, no como puntos de inflexión de un libreto capaz de sustentarlos. Por otra parte, los fuertes registros de la violencia histórica, como la matanza del Jueves de Corpus Christi, aparecen como el trasfondo desesperadamente realista de una historia que no termina de aparecer en clave cinematográfica: no son conflictivamente re-presentados, sino presentados con diligencia (efecto Hollywood). Se manifiesta, así, la falta de un guion que, en términos propiamente cinematográficos (estético-poéticos), logre insertar las intensidades, oscuridades, destellos y puntos de fuga de la obra en un discurso nutrido de momentos discordantes: no se trata de construir una unidad armonizada, sino una narración crecida con las réplicas y los mentises propios de la imagen estética.

La película me remite a dos figuras de la crítica cultural, tomadas con libertad en esta nota. Una, es la de midcult, empleada por Umberto Eco como el recurso de dotar a una obra de efectos que la invisten de cualidades auráticas propias del gran arte: buscan, así, otorgar a cierto público con pretensiones cultas la impresión de haber asistido a una experiencia cultural intensa, privilegiada. Pues bien, Roma me parece un buen ejemplo del midcult: desde su propio título busca redimir a sectores ilustrados con las dádivas de la alta cultura. La segunda, se refiere a la oposición studium-punctum de Barthes. El studium presenta con cuidadosa fidelidad la documentación visual de una situación objetiva precisa: permite conocer/constatar de manera adecuada y en detalle una época, un suceso o un conjunto de hechos y personajes. El punctum, operación propia del arte y el desvarío, actúa como una puntada capaz de atravesar el plano de la imagen para sugerir que existe algo más de lo mostrado; para manifestar que un fuera de campo empuja desde/hacia un sitio inalcanzable y que detrás de la pantalla, o a su costado, bullen fuerzas ajenas a la buena conciencia estética. El punctum amenaza con la inminencia de lo que habrá de ocurrir (no se sabe qué, no se sabe cuándo) más allá de lo que aparece en cifra de imagen técnicamente disciplinada.

Roma fue erigida con calculado esmero en clave de studium como un sitio cumplido y clausurado: ningún camino conduce a ella porque nada le falta ni le sobra nada.

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